-
Buscando al niño
Amanecer en la Vereda del Lago. En uno de los parques infantiles, junto a un columpio, reposa algo que poco a poco se me revela como un morral tirado de cualquier forma en la arena. Muy cerca de allí, hay un colorido tobogán cubierto; parece una tubería enorme y serpenteante. De repente, la boca del túnel —pintada de rojo en su interior— escupe unas piernas parcialmente desnudas y adultas. Con torpeza y escasa velocidad, va saliendo de su interior un hombre joven ataviado con unos pantalones cortos amplios y negros, calcetines y zapatos de goma del mismo color y una franela blanca: el uniforme con que he visto muchas veces entrenar a los policías en su academia ubicada en el interior de la Vereda. Al terminar de erguirse luego de su dificultoso paseíto, y mientras se sacude con las palmas de las manos el fondillo del pantalón, el hombre magro y requemado me descubre mirándolo. Azorado, se ocupa de recoger el morral. Vuelve a mirarme —mi paso acelerado por el ejercicio nos ha acercado— y entonces se resigna a haber sido descubierto.
Hombre: (Señalando vagamente hacia el tobogán, con media sonrisa.) Todo en orden.
Se echa el morral al hombro y enfila hacia la academia, primero con paso ligero, luego en una carrera desordenada.
Posted on May 22, 2013 with 2 notes
-
No hay
Miércoles, cerca de las nueve de la mañana, supermercado De Cándido de Santa Rita. En el interior hay ese ambiente enrarecido urdido por las colas que van formando quienes esperan que de los depósitos saquen algún producto escaso (margarina, pasta de dientes, papel higiénico, pollo…); las miradas de reojo al carrito del vecino, a ver qué consiguió; los anaqueles arrasados; el apuro de los clientes por terminar de llenar el carrito y pagar antes de que aparezcan los bachaqueros y las colas de las cajas se traduzcan en ausentismo laboral inevitable. Detrás de mí, en la cola para pagar, una mujer joven, más bien una muchacha, sostiene entre sus brazos dos paquetes de papel higiénico, dos latas de atún, una bolsa de avena. Le digo que ponga en mi carrito su escasa compra mientras esperamos el lento avance de la cola. Me lo agradece y lo hace. Unos minutos después, la veo silenciosa y mordisqueándose una uña, con los ojos anegados y el rostro congestionado por el esfuerzo de contenerse. Me mira con aires de derrota y furia.
Muchacha: (Limpiándose a manotazos los ojos, sin que yo le pregunte nada.) Llevo tres días sin poder trabajar, de aquí pa allá, y busca por aquí y busca por allá, que los pañales, que las compotas, que el Cerelac, que la leche… Tres días. Por allá por La Limpia, por donde yo vivo, me querían vender el Cerelac a ciento cincuenta bolívares. ¡Están locos! Pero no se consigue, no se consigue nada. Y ahora tengo que ir pa la farmacia, quizás qué encuentro.
Posted on May 8, 2013 with 11 notes
-
Indefensión
Viernes, 7. 45 de la mañana, en la antesala del quirófano en una clínica. El espacio es amplio y rectangular y está separado del resto del área por una cortina corredera. Hay dos camillas, cada una pegada a una pared. También hay una mesilla con suplementos médicos y dos sillas de ruedas atravesadas. Hace mucho frío. Estoy unos minutos sola, hasta que hacen entrar a otra paciente. Debe pasar de los sesenta años. Viste jeans y franela. Usa una melena cuyo corte juvenil contrasta con su cabello gris. La mujer es habladora y hace constar su familiaridad con los procedimientos médicos. Bromea con las enfermeras que están del otro lado de la cortina y que de vez en cuando traspasan ese velo, dejándolo sin cerrar del todo, para traer una carpeta, una botella de suero, una inyectadora. La mujer pregunta por varios médicos, refiriéndose a ellos por sus dos apellidos, y comenta la apariencia de cada uno de ellos. Deja claro que se va a operar del túnel carpiano y que pronto tendrá que operarse de las cervicales. Muestra cicatrices como una combatiente. Se ha sentado en su camilla; yo estoy sentada en la mía. Entra una enfermera joven ataviada con un mono en tonos pasteles en cuya casaca destaca la palabra love entre perritos, globos, lazos. Echa encima de nuestras respectivas camas la bata, el gorro y los escarpines de delgadísimo papel azul con que tenemos que vestirnos.
Enfermera: (Imperativa pero risueña.) Se me ponen eso. Se quitan todo, todo, todo y se ponen eso con la abertura en la espalda. Ya yo vengo.
La otra paciente y yo nos miramos por unos segundos y luego, remoloneando, me levanto de la cama, me volteo hacia la pared, de espaldas a la mujer, y alcanzo a protestar débilmente.
Yo: Aquí no hay lugar para las tímidas ni para el pudor, ¿no?
Enfermera: (Desde el otro lado de la cortina, como respuesta divertida a mi protesta.) Son niñas, ¿no? ¿A ustedes les gustan las flores? ¿El chocolate? ¿Les gustan los hombres?
La otra paciente: (Exclamando con fuerza, mientras escucho el frufrú de la ropa que se quita.) ¡Síiiii! ¿Que si no? Pa cachapa, plátano.
Posted on March 20, 2013 with 4 notes
-
Pistoneando
Martes a media mañana. Se montan en mi carro los mecánicos que una amiga y yo hemos ido a buscar. Uno es voluminoso y callado; el otro, menudo y locuaz. Después de los saludos de rigor, mi amiga quiere saber por qué no han podido ir, como le habían prometido, hasta el lugar donde está el carro accidentado.
Amiga: (Dirigiéndose al locuaz.) ¿Y entonces?, ¿andas sin carro?
Mecánico: Más o menos.
Amiga: ¿Cómo es eso?
Mecánico: (Con sorna.) Es que tengo es un carrito brollero. Eso nada más lleva y trae.
Posted on March 14, 2013 with 3 notes
-
Una cosa así
Media mañana, en una ferretería. Un muchacho de no más de veinte años, vestido con un mono lleno de lamparones de pintura y grasa, se entretiene viendo los anaqueles mientras espera por el dependiente. Cuando este —un hombre de pelo cano y mal humor— se planta frente a él para hacerle la factura de la compra, el muchacho le señala una foto enmarcada y desvaída, colgada desde no se sabe cuándo en uno de los estantes. En ella se ve a Rafael Caldera, con su banda presidencial, acompañado por Alicia Pietri. Está autografiada en la parte inferior.
Muchacho: ¿Quién es que es ese?
Dependiente: (Volteando sin mucha gana, mientras suspende el bolígrafo a un milímetro del facturero.) ¿Quién? ¿Ese? Ese es Caldera.
Muchacho: Ah… Caldera. Él fue presidente, ¿no? O una cosa así fue que fue.
Posted on January 31, 2013 with 11 notes
-
Cuesta abajo
Jueves en la tarde, en la sede de Directv. Un hombre bajo se acerca con paso apurado y un decodificador debajo del brazo. Se detiene justo frente a mí y mira alternativamente la pantalla que indica los números de los clientes que están siendo atendidos y el papelito con su número.
Hombre: (Sentándose a mi lado y poniendo el decodificador sobre sus rodillas.) La mujer mía se irá a quedar sin compra, porque aquí me faltan como tres rosarios para que me toque. (Señalando con el morro mi decodificador.) ¿Y qué le pasa al enfermo?
Yo: Problemas con el audio.
Hombre: Ojalá y el mío fuera eso. No, qué va. Ya yo he venido como mil veces porque esta vaina no sirve. (Enfatiza negando con la cabeza.) Pero es que no sirve no sirve. Los muchachos míos ya me tienen atormentado.
Yo: ¿Y aquí qué le dicen?
Hombre: ¡Nada! Me dan un vaporub y que tal y que cual, que el bicho está bueno, que ahora sí y me lo devuelven. Y cuando llego a la casa, nada. Yo lo que digo es que me lo cambien, pero nada. ¿Sabe lo que hice? Agarré la molleja esta y la tiré por las escaleras… plum plum plum… allá fue esa verga, pa ver si ahora sí me lo cambian. (Agarra el decodificador y lo observa por todos los costados.) Chico, y ni un rasponcito, ve. Ojalá que aquí ni encienda.
Posted on January 20, 2013 with 8 notes
-
Parroquianos
Lunes en la mañana. Un hombre cincuentón, achaparrado y con bigotes canos está parado en puntillas frente al mostrador de charcutería en el supermercado. Del otro lado, el entarimado de madera sobre el que caminan los empleados subraya la altura del dependiente enjuto, vestido con uniforme verde y gorro tipo barco que lo atiende. El cliente ya va por su tercer pedido,
Cliente: (Estirando el cuello para supervisar al charcutero en la rebanadora.) El jamón me lo cortáis más grueso que el queso amarillo. Pa ver… (El charcutero, sin mediar palabra ni mover un músculo de su cara, se voltea con parsimonia y le muestra una rebanada de jamón recién cortada.) Así está bien… Nononono, ya va, pa ver, pa ver… (El charcutero, hierático, repite la operación.) Sí, no, así está bien, así está bien… Ve que falta el kilo de palmita. (Sigue hablando después de unos segundos de movimientos inquietos y mirar hacia la sección de panadería con insistencia.) Ve, vamos a hacer una vaina: yo voy a ir un momentico ahí a panadería, porque dejé encargado un pan, una cuestión, y ya debe estar por salir. Poné atención. (El charcutero se acerca, apoya sus dos manos en el mostrador, muy distantes entre sí, con los brazos completamente estirados, sin abrir la boca ni cambiar el gesto.) Ve, vais a dejarme los paquetes míos ahí, ¿no? O sea, primero terminas de cortar el jamón, lo empacas y tal, y luego me vais a dejar los paqueticos ahí hasta que vuelva. (El charcutero lo mira a los ojos en silencio, sin siquiera mover la cabeza en señal de aprobación.) Entonces ve lo que vais a hacer, vais a escribir en un papelito As-tol-fo. (Escribe en el aire el nombre, con letra cursiva y grandes trazos, a medida que silabea.)
Charcutero: (Después de una pausa dos segundos más larga que lo normal, con voz ronca y cara de póquer.) ¿Romero?
Cliente: (Después de un momentáneo desconcierto, pero aceptando la broma con igual circunspección que el charcutero.) Sí, poné mi nombre artístico.
Posted on November 28, 2012 with 4 notes
-
Fábula
Sábado al final de la tarde, en la antesala de un restaurante de comida china. Es un espacio oscuro y amplio, por el que se accede al comedor. Tiene una barra en donde se ordena la comida para llevar y unos sillones de semicuero granate apoyados contra la pared, como en una sala de espera. Dos hombres acaban de hacer su pedido. Vienen juntos. Uno le debe doblar la edad al otro. Se sientan dejando un sillón libre entre ellos. Ambos visten bermudas y franela, calzan sandalias y asumen idéntica posición: rodillas separadas, pies cruzados a la altura de los tobillos, brazos cruzados y apoyados sobre sus barrigas, cada mano asiendo el antebrazo opuesto. Su conversación deshace el silencio del local a esa hora, hasta entonces apenas importunado por el trajinar discontinuo que deja colar la puerta batiente de la cocina.
El mayor: (Después de recorrer con la vista el local durante unos segundos.) Mirá la vaina, ve. Uno de los dragones está como despeinado. (Le señala al otro dos dragones verdes, rojos y dorados hechos de yeso que enmarcan la puerta del comedor. La lengua de uno de ellos parece un cabello descolocado, ciertamente.)
El menor: (Después de mirar los dragones unos segundos, reflexivo.) Chico, yo siempre me he preguntado de dónde sacan los chinos eso.
El mayor: Ya vais a empezar. ¡Preguntale! (Sin esperar reacción de su acompañante, gira su cuerpo sin descruzar los brazos y encara la barra, donde un joven achinado está concentrado en hacer cuentas con una sumadora.) ¡Chino!… ¡Ey, chino! (Sin mayor extrañeza, el muchacho levanta la vista de la sumadora y aguarda por lo que tengan que decirle.) Ey, ¿dónde compran ustedes los dragones, las lamparitas, los apliques, las vainas…?
Empleado: (Antes de volver a sus cuentas y con inconfundible acento maracucho.) No sé, preguntale al dueño.
Posted on November 22, 2012 with 5 notes
-
Picaresca
Cerca de mediodía en un supermercado. Las colas en las cajas son largas, señal de que hay en venta alguno de los productos regulados que escasean. Una mujer de unos cuarenta años, vestida con una camisa blanca y una falda larga y floreada, luego de echar un vistazo rápido a los carritos de compra de mis vecinos de cola, se acerca a la señora que está delante de mí. La recién llegada trae dos paquetes de harina de maíz en la mano.
La de la harina: (De forma ejecutiva, más que suplicante.) Señora, ¿me hace la caridad y me saca estos dos paqueticos de harina? Es que ya yo llevo mis dos kilos y necesito más.
Mi vecina en la cola: (Pillada de sorpresa.) Eh… Eh… No, es que yo voy a pagar con tarjeta.
La de la harina: No importa, yo le doy la plata. (Se mete la mano por el escote, saca del sostén un billete y se lo tiende.) Eso es un momentico. (Sin esperar respuesta, le mete los dos paquetes de harina en el carrito y empieza a mirar por encima del hombro de su interlocutora.)
Mi vecina en la cola: (Sin tomar el billete.) No, si yo sé que me tiene que dar la plata, pero es que yo voy a pagar con tarjeta…
La de la harina: (Con una impaciencia que le cuesta disimular.) No importa, paga y después saca aparte la harina. Eso es un momentico.
Mi vecina en la cola: (Arrugando la cara mientras saca los paquetes del carrito y se los devuelve a la mujer.) Nononononono… eso es un enredo, una brega, yo ya estoy apurada.
La mujer toma sus dos paquetes y, meneando la cabeza en señal de desaprobación, se retira sin decir nada más. La veo repetir la operación que intentó con mi vecina por todas las cajas del supermercado. A los pocos minutos, vuelve a dejarse ver por nuestros lados, Ahora, más apurada, va empujando un carrito lleno de harina e insiste en la petición de que le saquen dos paquetes a quienes no llevan ninguno en su compra. Un hombre de cara congestionada y hartazgo evidente la encara cuando se le acerca.
Hombre: (Con el torso inclinado sobre su carrito y un pie apoyado en uno de los travesaños inferiores.) Nononono… (Agitando la mano con la que no se está sosteniendo en el manubrio, como quien espanta a una mascota.) ¡Sale, sale, sale!
La de la harina: (Con una dureza en su rostro y en su voz que desdice la zalamería de sus palabras.) Vai, señor, ¿no ve que yo tengo una fábrica de arepas?
Hombre: ¿Fábrica de arepas? ¡Lo que tenéis es una fábrica de cobres!
Posted on November 18, 2012 with 1 note
-
Lampacea, fija y da esplendor
Sábado en la mañana, en una panadería convertida en minimercado. En uno de los estrechos pasillos, una mujer con el pelo recogido bajo un gorro y calzada con botas de seguridad lampacea. Otra empleada está muy cerca, revisando anaqueles y haciendo anotaciones en una carpeta.
La que anota: (Monocorde, sin pausa, mientras aparenta estar muy concentrada en sus notas.) Lampacear, lampacear, lampacear, lampacear, lampacear, lampacear…
La que limpia: (Sin quitar la vista del suelo, en el mismo tono y al mismo tiempo que su compañera.) Coletear, coletear, coletear, coletear, coletear, coletear…
La que anota: (Interpelándome, al darse cuenta de que voy pasando y no he escuchado su conversación previa al intercambio de infinitivos.) ¿No es verdad, señora? Si uno está aquí, ¿cómo se llama eso? (Apunta con la barbilla a la actividad de su compañera.)
Yo: (Divertida.) ¡Lampacear!
La que anota: ¡Claro que lampacear! (Dirigiéndose a la que limpia.) No vais a hacer como el sobrino mío, que es de allá de Maracay, y dice: “Tía, pásame las cholas”. Y yo le digo: “¡Qué es eso, muchacho! Eso no se dice ‘cholas’, se dice ‘cotizas’. Chola es lo que tiene usted ahí en el medio”.
Posted on October 27, 2012 with 2 notes
-
Ciencia ficción
Sábado en la mañana, en una tienda de videos. Un hombre de unos treinta años espera por unas películas que ha encargado con antelación. Por la forma en que se conduce, queda claro que es un cliente habitual. Después de unos minutos pendiente del monitor en el que se exhibe algún capítulo de la teleserie colombiana Pablo Escobar, descubre en uno de los pasillos del local a uno de los empleados.
Cliente: (De brazos cruzados, descargando el peso de su cuerpo sobre su cadera apoyada contra el mostrador.) ¿Qué fue, y ya viste Prometheus?
Empleado: (Mientras va acomodando una pila de películas en la atestada estantería.) Sí, chamo, ya la vi. Yo te voy a decir una vaina: es buena y tal, pero tampoco es así gran verga.
Cliente: Bueno, pero por lo menos los mojones los hicieron más científicos.
Posted on October 15, 2012 with 7 notes
-
En gaceta
Viernes 5 de octubre, siete de la mañana en un liceo de Maracaibo. Los miembros de las mesas electorales, citados allí para instalarlas, forman un corrillo en el vestíbulo del edificio alrededor de un militar joven, vestido de verde oliva, que se identifica como teniente a cargo del centro de votación por parte del Plan República. El hombre habla con brusquedad castrense y acento caraqueño montaraz, pero no resulta antipático.
Teniente: (Hablando con el mentón alzado.) Escuchen una vaina: si ustedes colaboran conmigo, yo colaboro con ustedes. Este es un proceso muy largo y no podemos dejar que se embochinche. (Alguien lo interrumpe y alude a unos pendones en los que se indica los objetos que no pueden ingresar al centro de votación, las normas y las penalizaciones en caso de infracciones y delitos electorales.) Ah, sí, sí: esto no lo estoy inventando yo, esto es el reglamento, esto es la ley, esto salió en gaceta. El que le falte el respeto a un centinela va preso, el que se burle o lo llame pajúo, marico, güevón, cabeza ‘e güevo y tal, ya sabe…
´
*Contado por un miembro de mesa.
Posted on October 6, 2012 with 1 note
-
Buffering
A media mañana en un banco. Los clientes forman corrillos cerca de los afortunados que han conseguido asiento. Muchos miran ansiosos las pantallas donde se anuncia el número que será atendido. Una mujer sentada trata de entretener a su nieto, que se escurre de su regazo fastidiado con la espera. La abuela, después de haber probado varias maniobras, termina haciendo rebotar las manos del niño en sus propias manos, cuyas palmas expuestas impulsan los puños del pequeño marcando el ritmo de una cancioncilla que la mujer improvisa sobre la marcha.
Abuela: Estas mani-tos / son las mani-tos del jugui-to… Estas mani-tos / son las mani-tos del vasi-to… Estas manit-tos / son las mani-tos del tenedorci-to… Estas mani-tos / son las mani-tos de… (Hace una pausa forzada, tratando de agregar otra función a las manos del nieto.)
Nieto: (Completando la cancioncilla de la abuela.) … son las mani-tos del DS.
Posted on September 15, 2012 with 9 notes
-
Cédula
Madrid, avanzada la mañana, en las cercanías del Palacio de Oriente. Como parte de un trío de paseantes, un venezolano que vive en España entretiene a los otros dos con una anécdota. Otro pequeño grupo de gente avanza en dirección opuesta. En él destaca una mujer entrada en la treintena, ataviada con pantalones pescadores rosados, sandalias y lentes oscuros.
El de la anécdota: (Hablando en voz alta, metido en su relato.) …¡Y el tipo lo que quería es que me bajara de la mula!
La de los pescadores: (Al cruzarse con el trío, señalando con el índice por encima de su hombro y con inconfundible acento caraqueño) ¡Venezolano!
Posted on September 6, 2012 with 8 notes
-
Culé
Verano, mediodía, barrio Sants de Barcelona. Nos detenemos frente a una tienda de vinos de la cual dos de mis acompañantes hablan maravillas. Está cerrada por vacaciones. Frente a nosotros pasa un hombre que se acerca al vernos conversando frente a la santamaría bajada. Tiene alrededor de setenta años, mala dentadura y un leve tufo a alcohol. Luego, por su larga cháchara, sabremos que es vecino del barrio.
Hombre: (Con acento fuerte pero indescifrable, mientras señala la tienda con complicidad.) Buen vinito, ¿eh? Muy buen vinito. Aquí hay de lo mejor. Esto es muy conocido. Hace poco estuvo aquí Serrat (Con gesto condescendiente, para que entendamos.) …el del Barça. El que canta, el de las canciones… pues ese, el del Barça.
Posted on August 29, 2012 with 2 notes