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Rebajas
En una tienda de ropa femenina en Lago Mall, 11 de la mañana. Una mujer de edad indefinible pasea por el estrecho pasillo hablando en voz muy alta por su BlackBerry con un acento que pretende ser caraqueño. Lleva colgada del antebrazo una voluminosa cartera de marca, viste ropa de gimnasio, es muy delgada y su larga cabellera está recogida en una cola de caballo.
Mujer: (Hurgando entre los percheros con sus larguísimas uñas decoradas con lunares verdes.) No… no… te estoy diciendo que eso se tarda mucho. Acuérdate de la vez que tuvimos que sacar el papel aquel, el bicho, la cosa aquella de defunción… el certificado de defunción. Acuérdate que eso se tardó yo no sé cuánto en el ministerio tal, luego en el ministerio cual, luego en el de… (Escuchando a su interlocutora mientras asiente con una sonrisa, como excusándose con las otras compradoras que rebuscan entre las rebajas.) Bueno, mira, te estoy diciendo que eso se tarda mucho y no va a llegar a tiempo a Houston… (Nueva pausa durante la cual mira al techo, impaciente.) Mi amor, de verdad que te quiero ayudar, pero… Te estoy diciendo que no vas a poder presentarla porque no te van a llegar los papeles a tiempo. (Haciendo gestos de hartazgo para su público cautivo.) Bueno, mijita, ¡haces como los maracuchos, que presentan al muchacho, lo bautizan, le pican la torta, la primera comunión, toa verga junta! (Vuelve a mirar a la concurrencia con la sonrisa de disculpa.)
Posted on January 22, 2012 with 4 notes
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Aguinaldo
Cerca del mediodía, 24 de diciembre, en una panadería. Un hombre desdentado, calzado con cotizas de plástico y vestido con ropas dos tallas más que las necesarias para cubrir su delgado cuerpo, acerca su cara a la de la cajera que lo atiende y le susurra a la mujer algo que el resto de la clientela no escucha.
Cajera: (En voz alta, luego de un leve empujón al cliente, a quien evidentemente conoce.) ¡Cómo hicierais, Chúo, si a vos eso no se te levanta ni con grúa! (Dándole el vuelto.) Te voy a buscar una horquetica, a ver si así… ¡Es que ni que te comáis mil chipichipis! Eso está caduco, está triste de mirar pal suelo.
El hombre se ríe en silencio durante toda la respuesta de la cajera, y después de recoger su bolsa, introduce unas monedas en un pote de plástico ubicado al lado de la caja registradora, forrado con papel de regalo de motivos navideños.
Cajera: (A todo pulmón, sin hacer casi pausa entre lo que respondía a las insinuaciones del hombre y sus próximas palabras.) ¡POOOOTEEE!
De todos los rincones de la panadería surge un coro de empleados que chilla ¡GRAAACIAS! Le sigue un jolgorio hecho de improvisada percusión, aplausos y un claxon que revienta los tímpanos en el local cerrado. El hombre me mira sonreído, menea la cabeza en señal de reprobación y señala con el pulgar a la cajera mientras levanta la comisura izquierda de sus labios.
Posted on December 28, 2011 with 4 notes
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Milagro sanitario
En el baño de mujeres de la llegada de vuelos nacionales del aeropuerto La Chinita. El lugar está impoluto y aparentemente solitario. De repente, se escucha el inconfundible estruendo de una poceta a la que le acaban de halar la cadena.
Señora mayor: (Hablando fuerte, aunque sin conciencia de que alguien escucha.) ¡Alabado sea el Señor! ¡Mil gracias, Dios padre! (Abre el cubículo donde estaba, mientras se cuelga el bolso del hombro, y entonces me descubre. Ahora habla un poco apenada.) Da como un fresquito que haya agua en el baño, ¿no?
Posted on December 28, 2011 with 16 notes
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De colores
Lunes, cinco de la tarde. Un cepilladero está parado frente a la salida de un supermercado en Delicias. El hombre tiene apoyado un pie en un pedal de la bicicleta mientras toca sin parar el claxon de su carrito rojo y blanco, compitiendo con el amasijo de sonsonetes que escupen las cornetas ubicadas frente a varios locales del centro comercial. Del supermercado sale con paso firme y sin bolsas un hombre cuarentón, grueso y muy perfumado que se detiene cuando ve al cepilladero. De inmediato cambia su curso y antes de llegar a su destino ya comienza a gritar.
Cliente: ¡Cepillaero, dame rapidito un cepillao de rojo ahí!
Cepilladero: (Sin moverse.) De colita no me queda ya.
Cliente: ¿Ah? ¿No hay de rojo? ¡Ah, vaina, chico, y ese es el que me provocaba, ve! (Estirando el cuello para ver bien las botellas con líquidos de colores y haciendo sonar las llaves del carro, que lleva en su mano.) No, del amarillo ni de verga, esa vaina es muy maluca. Dame uno de verde ahí, pues.
Cepilladero: (Armándose con su cepillo de metal para raspar el mermado bloque de hielo de que dispone.) ¿De menta?
Cliente: ¿¡De menta!? Si vos decís…
Posted on December 20, 2011 with 4 notes
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Políglota
En la mañana, en un mercadito de frutas y verduras. Dos mujeres entran en el oscuro espacio improvisado como cuarto-cava para resguardar la mercancía del calor de la ciudad. La mayor —la madre de la otra, a juzgar por el parecido— es ancha y lleva cubierto todo su cabello por un velo de gasa gris delicadamente bordado con filigranas. Su blusa es amplia y oscura, y la cubre hasta las rodillas, por donde asoma un pantalón de tela suave. Su hija, delgada y cercana a la treintena, va vestida con unos pescadores y una ajustada franela, y sus enormes ojos glaucos están enmarcados por una cabellera oscura que se desparrama sobre sus hombros. Uno de los trabajadores del lugar, un joven flaco con bigote de charro, acomoda las lechugas mientras observa sin disimulo a la hija, quien trata de escoger algunas ramas de un perejil más bien desmayado al tiempo que conversa con su madre en una lengua llena de sonidos ásperos, velares, en la cual apenas se distinguen las palabras De Candido. Al cabo de un rato de evidente discusión, madre e hija salen del cuarto, seguidas por la mirada del joven, que hace ya varios segundos ha detenido su labor.
Joven: (De nuevo ocupado con las lechugas y negando con la cabeza, resignado.) Bueno, si se quieren ir pa De Candido, que se vayan pa De Candido, ya eso no está en uno, pero quizás y está todo más caro allá, ¿no es verdad?
Posted on December 2, 2011 with 5 notes
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Princesa
Vereda del Lago, poco después de las siete de una mañana de domingo. En un bohío cercano a unos columpios y toboganes, un hombre habla por su celular. Debe rondar los treinta y cinco años y va vestido con franela, bermudas de caqui, medias deportivas y zapatos de goma. Usa una gorra de los Yankees de Nueva York. Su voz gruesa y potente retumba en el silencio del parque y contrasta con el interior de la choza, decorado con cadenetas de papel de seda y moños hechos con cintas rosadas, celestes y blancas. Hay allí una mesa con un mantel fijado con tachuelas, sobre el cual están dispuestos con esmero cubiertos de plástico, platos, botellas de refresco y una gran bandeja de acero ribeteada en rosado. Varios recipientes con tapa se apilan a un costado de la mesa y encima de una cava portátil. Una de las cuatro bancas de granito del lugar la ocupa un equipo de sonido conectado con cinta plástica a un cable cuyo origen se pierde en la maleza circundante. Del techo, pero no en el centro, cuelga una piñata con forma de una princesa de Disney cabezona, rubia y contrahecha.
Hombre: Ajá, ya esta verga está lista. (Pausa. Luego habla apartando el aparato de su oreja y acercándolo a la boca como si fuera una armónica.) No, no, no, no… Vos dijiste que a las siete y media. (Acerca el teléfono de nuevo a la oreja. Pausa.) Ve a ver qué hacéis, vos dijiste a las siete y media. Esa verga no es problema mío. (Mientras escucha la respuesta, se acerca a uno de los moños adosados a las columnas del bohío, pasa a aprisionar el teléfono entre la oreja y el hombro para liberar las manos y con ellas ahuecar los lazos y cintas hasta que queda satisfecho.) Yo no sé qué vais a hacer. Vos dijiste a las siete y media, ¿por qué no buscaste la torta ayer? Yo te dije. (Camina un poco, se acerca a la piñata y le sacude alguna mota de polvo para luego detener su bamboleo sujetando sus caderas con delicadeza.) Qué bolas tienes. ¿Y ya se levantó? ¿Le diste el regalo, la muñeca, la vaina…? (Pausa. Esboza una sonrisa que no se trasluce en la voz.) ¿Verdad?… Bueno pues, pero no vengáis después de las ocho, ocho y media, ve que tengo juego.
Posted on November 13, 2011 with 11 notes
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Gritos y susurros
Lunes, nueve de la mañana en una tienda Enne. El aspecto destartalado del local, cuyos estantes están medio vacíos mientras unos empleados limpian y reacomodan los víveres, contrasta con el maquillaje impecable de la joven cajera de la caja 5 —sombras azules, labios granate y uñas postizas con diseño barroco y un largo discapacitante— y su melena negra, planchada. La caja vecina la atiende otra muchacha de aspecto un poco desaliñado.
Cajera 6: (Gritando con fastidio al descubrir un problema en su máquina registradora, mientras se suelta el pelo, alza el tirabuzón hecho con la guedeja castaña y lo sujeta en el coronilla con un gancho puesto de cualquier modo.) ¡Asistente en la seis! ¡Asistente en la seis!
Cajera 5: (Volteando hacia su compañera.) ¡Prendé la luz, prendé la luz!… ¡Muchacha, ve que ya no se puede gritar!
La cajera 6 encoge los hombros y estira la comisura de sus labios hacia abajo, en señal de reconocer su error, y prende la minúscula luz que indica la necesidad de un asistente en esa caja.
Yo: (Sonreída, dirigiéndome a la cajera 5.) ¿Ya no las dejan gritar?
Cajera 5: Bueno, sí se puede, pero despacio.
Yo: ¿Gritar despacio?
Cajera 5: (Sin asomo de ironía, en voz baja y con una mano haciendo media bocina en su boca.) Así: ¡Asistente en la seis! ¡Asistente en la seis!
Posted on October 24, 2011 with 7 notes
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Perfecto
Cerca del mediodía en el Círculo Militar, durante una jornada de expedición de carta médica para conducir. Tengo el número 114 en la lista y llevo esperando desde las 8.30 de la mañana. Voy a ser examinada por una mujer de mediana edad con bata blanca, lentes y un BlackBerry pegado a su oreja. Me pide la cédula y comienza a escribir mis datos a mano en lo que será mi certificado, sin dejar de decir por la bocina del teléfono de vez en cuando ajá, así es, sí, ajá….
Doctora: (Alzando la barbilla para que se vea bien que me apunta con los labios puestos en morro antes de hablar.) ¿Cuál es tu tipo de sangre?
Yo: (Un poco enredada con una carpeta en la que traigo los requisitos solicitados para el trámite: fotocopia de la cédula, fotografía con fondo blanco y carnet con el grupo sanguíneo expedido por un laboratorio.) Un momentico, que aquí lo tengo…
Doctora: (Con gesto impaciente.) No, no, no, deja eso así… ¿No te lo sabes?
Yo: (Pensando con dolor en el dinero gastado en el laboratorio.) Be positivo.
Doctora: (Sin mirarme, pero retirando un poco el teléfono para hablarme mientras me alcanza un rectángulo de plástico.) Tápate el ojo derecho y lee la línea nueve.
Yo: (Con enorme esfuerzo porque no distingo bien las letras) E… o… ge… ele… o… efe… o… e.
Doctora: (Después de unos segundos, al darse cuenta de que terminé, y todavía sin mirarme ni soltar el teléfono.) Ahora tápate el izquierdo y lee la misma línea de atrás palante.
Yo: (Ya entregada.) E… o… erre… efe… pe… o… e.
Doctora: (Extendiéndome el cartoncito con el que debo pasar a una mesa donde me darán el carnet.) Perfecto.
Yo: (Riéndome.) Bueno, perfecto, lo que se dice perfecto, no fue…
Doctora: (Riéndose y mirándome por primera vez y poniendo la bocina del celular hacia arriba para retirarla de su boca.) Bueno, pero sirve…
Yo: (Levantándome.) ¿Y ya no toman la tensión?
Doctora: (Escandalizada.) No, ¡imagínate!, nos tardaríamos todo el día.
Posted on October 12, 2011 with 5 notes
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Bomba
Once y media de la mañana, en una bomba en Cecilio Acosta. Después de cuarenta minutos de cola —puesto que buena parte de las estaciones de servicio están cerradas por falta de gasolina—, llego hasta el surtidor y empiezo a llenar el tanque. El bombero encargado de la isla camina con parsimonia, alternando todo su peso de un pie a otro, y se detiene a conversar con cualquiera, exasperando así a los clientes que aguardan acalorados dentro de los carros. Una mujer joven, ágil y bien dispuesta se detiene a hablar con él un momento. Mientras habla, ella saca el pico de la manguera del tanque de mi carro, que se acaba de llenar, y le pide al bombero que le diga cuánto tiene que cobrarme.
Bombero: (Redondeando la cifra que indica el surtidor.) Son tres quinientos.
Yo: (Dándole un billete de diez bolívares a la mujer, que se ha acercado a mi ventanilla.) Tenga.
Mujer: (Impaciente ante la lentitud del hombre, que ha tomado el billete y se lo ha guardado en el bolsillo, sin hacer ningún otro movimiento.) ¡Mijo, el vuelto!
Bombero: (Agitando el dedo índice mientras frunce el ceño.) No, no, no… Hoy no estamos dando vuelto porque hay mucha gente.
Posted on September 16, 2011 with 8 notes
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Marque Ionesco
La mujer toma el teléfono. Se dispone a consultar el estatus de un reclamo hecho al banco. Tiene en su mano el número asignado a su reclamo. Se sienta. Marca el 05006425283.
Voz femenina robótica: Bienvenido al servicio de clave telefónica del Banco de Venezuela. Pensando en usted hemos incorporado un menú rápido de opciones para su comodidad. Marque su número de cédula.
La mujer marca su número de cédula.
Voz femenina robótica: Para activar tarjeta de crédito, marque 0; consultar saldos, marque 1; realizar pagos y transferencias, marque 2; solicitar bloqueo de tarjeta de crédito o débito, marque 3; reportar imposibilidad de uso de tarjeta de crédito o débito, marque 4; soporte de atención Clavenet personal, marque 5. Para otras opciones de servicio, marque asterisco.
La mujer duda un poco y termina marcando asterisco.
Voz femenina robótica: Para consulta de saldos y solicitud de últimos movimientos vía fax, marque 1; para realizar pagos, transferencias, efectivo clave, afiliaciones, domiciliación y recargas telefónicas, marque 2; para bloquear tarjetas de débito y crédito, realizar preguntas, sugerencias o reclamos y consultar estatus de solicitud de crédito, marque 3; para servicios relacionados con sus tarjetas de crédito y débito, marque 4; para información sobre el programa Juntos, productos, servicios y promociones vigentes, marque 5; para reportar imposibilidad de uso de tarjeta de débito o de crédito, marque 6; para solicitud y activación de chequeras, actualización de su dirección y teléfono, marque 7. Usted puede marcar 8 para regresar al menú principal o 9 para finalizar.
Un poco confundida, la mujer termina marcando 3, que es lo que más se le parece a lo que busca, ante la imposibilidad de hablar con alguien. Para entonces, ya han pasado dos minutos al teléfono.
Voz femenina robótica: Para bloquear tarjeta de débito, marque 1; bloquear tarjeta de crédito, marque 2; consultar estatus de solicitud o reclamo, marque 3; realizar solicitudes, sugerencias o reclamos, marque 4; consultar estatus de solicitud de crédito, marque 5; para regresar marque 6. Para salir marque 9.
La mujer esta vez marca 3 un poco más segura de estar siguiendo el camino correcto.
Voz femenina robótica: Marque con el teclado del teléfono el número de su cédula de identidad.
Sin detenerse demasiado a pensar que ya le habían pedido el número de cédula, la mujer lo vuelve a marcar a ver si termina de una vez.
Voz femenina robótica: Si desea conocer el estatus del reporte número [dice aquí el número del reporte], marque 1-1-2-2-3-4-7-1-3, marque 2-1-2-2-0-1-2-7-4, marque 3.
Perpleja, la mujer se queda inmóvil hasta que la voz comienza a decir de nuevo toda la retahíla. Entonces toma un lápiz y garrapatea a toda velocidad las tres tandas de números que la voz vuelve a recitar con monotonía. Un poco nerviosa, marca 1-1-2-2-3-4-7-1-3.
Voz femenina robótica: Opción inválida.
La mujer, todavía sin entender qué pretenden de ella, marca entonces 2-1-2-2-0-1-2-7-4.
Voz femenina robótica: Gracias por utilizar los servicios del Banco Venezuela, la clave de su comodidad. Hasta luego.
La mujer se queda unos segundos con el auricular en la oreja. Acaba de invertir cuatro minutos y cuarenta segundos en el menú rápido de opciones pensado para su comodidad.
Posted on September 7, 2011 with 6 notes
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Bienvenidos
Maiquetía, terminal internacional, una de la mañana. Los pasajeros de un vuelo procedente de Canadá bajan del avión. Un hombre mayor, encorvado y de pasos cortos se acerca a la puerta después de haber aguardado sentado a que esté casi vacía la cabina. Con un poco de angustia, se dirige a un hombre que está justo en la salida, saludando a los que van entrando en el pasillo que los llevará al edificio del aeropuerto.
Hombre mayor: ¿Dos sillas de ruedas, por aquí, por favor?
Saludador: (Con simpatía.) ¿Dos sillas de ruedas? Ah… Están por allá arriba (señala el rellano en el que desemboca el empinado pasillo, donde, efectivamente, hay dos sillas de ruedas rodeadas por tres hombres que conversan animadamente.)
Hombre mayor: Es que las pedimos mi esposa y yo…
Saludador: (De nuevo con gran simpatía.) ¿No pueden ir un momentico para allá? Están ahí mismito.
El hombre mayor no dice nada. Unos minutos después, llega trabajosamente hasta el rellano del brazo de su esposa, ambos doblados sobre la cuesta, y alcanzan las sillas donde los otros hombres los reciben bulliciosos y simpatiquísimos antes de que por fin la pareja se siente en sus sillas y alguien los termine de subir por el resto del pasillo.
Posted on August 31, 2011 with 12 notes
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Punto de partida
Jueves alrededor de las 6.30 de la mañana en la Vereda del Lago. El sol empieza a calentar y a la vera de un sombreado paraje de la caminería interna, el silencio que matizan los pájaros carpinteros empeñados en tallar los postes de luz se ve interrumpido por un sonido familiar: unas piedras de dominó que se estrellan periódicamente contra una superficie dura. En donde debió ir un bohío que nunca se levantó, y protegidos por unas frondosas acacias, cuatro hombres cercan una mesa de concreto que les llega a la altura de la cadera y está erigida sobre un pilar de cemento y ladrillos. Sin proferir palabra, alternan su atención entre las piedras que ocultan en una mano y las que están descubiertas sobre la superficie de la mesa. Todos tienen entre treinta y cuarenta años. Uno de ellos viste camisa de manga larga; dos llevan terciados los envases negros de sus viandas. Un quinto hombre, mayor que los otros, está sentado en uno de los cinco bancos que sirven de límite al imaginario bohío. Lee el periódico, el cual sostiene frente a sí con los brazos abiertos y sin apoyo. En un momento en que el ruido de las piedras aumenta y el intervalo entre jugada y jugada disminuye, el quinto hombre detiene momentáneamente la lectura. Baja un poco el periódico y mira al grupo por encima de las páginas. Al corroborar que la partida prosigue, libera por un segundo una mano, mata a un mosquito en uno de sus brazos y retorna a la lectura.
Quinto hombre: (Replegado de nuevo tras el periódico, con tono cansino.) Vai, apúrense pues.
Posted on June 19, 2011 with 4 notes
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Once contra nueve
En una carnicería, poco antes de las cinco de la tarde. En un pequeño televisor pantalla plana y casi mudo está sintonizado el partido amistoso entre las selecciones nacionales de fútbol de España y Venezuela. Los carniceros tienen un ojo en la pantalla y otro en los filetes que van cortando. En el fondo del local, lejos del televisor, un hombre obeso y de muy potente voz está sentado en una silla de plástico y sigue el partido, que Venezuela va perdiendo dos goles a cero. En un momento en que nadie en el local parece estar muy pendiente del campo de fútbol, Xabi Alonso marca el tercero para España.
Señor obeso: (Levantándose de la silla en cuanto se da cuenta del marcador y manoteando en dirección al aparato.) ¡Erta, sí! ¿Por qué no se vienen a jugar beisbol, si son tan arrechos? ¡Apagá esa vaina!
Posted on June 7, 2011 with 7 notes
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Prendiendo empujado
8.10 de la mañana, en un cajero automático en la antesala de un banco. Hay apenas cuatro personas, hace frío y el ambiente es silencioso, en contraste con el de la cola de gente que aguarda en el exterior la hora de apertura de la agencia. Una señora de mediana edad, vestida con pantalón y chaqueta de un verde triste, hace su transacción en uno de los tres cajeros disponibles, aunque dos no funcionan. Cuando la voz robótica anuncia que ha concluido (“No olvide retirar su tarjeta”, dice), la mujer comienza a forcejear con la máquina en la ranura por la que salen los billetes. Detrás de ella, esperan en la cola un hombre rotundo con gorra de los Yankees de Nueva York y un muchacho vestido con un mono zarrapastroso, lleno de grasa, que delata su trabajo como ayudante en un taller de frenos vecino.
Mujer: (En voz muy alta, tratando de asir con las dos manos las puntas de los billetes de cien atorados en la máquina.) ¡Pero bueno, y entonces? (Después de unos segundos logra arrebatarle a la máquina un billete maltrecho, pero el otro sigue atascado. Reinicia la contienda.) ¡Ah, pues, tiene que agarrarse uno con esto pa que afloje!
Hombre: (Con los brazos cruzados, la barbilla proyectada horizontalmente y mirando por debajo de sus lentes.) No lo jale, que es peor…
Mujer: (Prosigue en lo suyo, sin voltearse.) ¿Y entonces cómo hago? ¿Pierdo esos cobres?
Muchacho: (Adelantándose hasta tocarle el hombro a la mujer.) Permisito, un momentico, que esto tiene su ciencia.
La mujer se aparta un poco, recelosa pero resignada. El muchacho se acuclilla frente al cajero y trata de ver hacia dentro por la ranura. Finalmente, se paraliza con la cabeza ladeada y la mirada fija en un punto lejano, como un perro cuando trata de escuchar mejor.
Muchacho: (Refiriéndose a un ruido cíclico que proviene de la máquina y que se detiene un segundo antes de volver a empezar cada vez.) Usted oye, ¿no? Bueno, cuando termina hay que halar con cuidaíto. (Espera un momento la pausa inminente y con un rápido movimiento recupera el billete atascado y se lo da a la señora.) Pa eso uno es mecánico…
Posted on May 24, 2011 with 10 notes
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Aprendiendo a leer
Hospital Clínico, 11.30 de la mañana. En un pasillo, una mujer de unos sesenta años detiene a una muchacha de uniforme azul oscuro. Mostrando vagamente un amplio sobre de plástico de los que se usan para radiografías, y con seguridad dando más explicaciones que las necesarias, la mujer parece preguntar algo. La muchacha no termina de detenerse, sino que todavía a medio andar le señala con un bolígrafo hacia una puerta ubicada unos metros más allá, a la izquierda. La mujer, aferrada al sobre, con paso vacilante camina hasta la puerta blanquísima, donde en una placa se lee: Neurocirugía, y enseguida los nombres de los tres médicos que allí atienden. En un papel blanco pegado un poco más abajo está impreso este mensaje: “Favor NO tocar la puerta. Pacientes en Consulta”. “Anunciarse con la secretaría del servicio de Neurocirugía, por el área de Emergencia”.Gracias!!!! La mujer tarda unos segundos en leer esa información y con el aire de desamparo de todo aquel que se encuentra circunstancialmente en una institución cuyos protocolos desconoce, voltea hacia donde dejó a la muchacha, que está aún en el pasillo conversando con un hombre vestido de blanco. La secretaria por casualidad ve a la mujer desvalida, que la mira desconcertada y le señala la puerta, y asiente para confirmar que es allí donde debe tocar la señora.
Señora: (Alzando un poco la voz, pero tratando de ser discreta.) ¿Aquí es? Pero aquí dice…
Muchacha: (Enfatizando con la cabeza y haciendo el gesto de tocar con los nudillos.) Sí, es allí, toque, toque…
Señora: (Temerosa.) Pero aquí dice que no se toque la puerta…
Muchacha: (Un poco impaciente, pero sin rudeza.) Usted toque ahí. Eso lo pusieron para que la gente no ande tocando, pero tranquila, la doctora está ahí…
Posted on May 9, 2011 with 10 notes