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Con calmita
Dentro de la pequeña agencia bancaria, serpentea una cola de unas treinta personas. Frente a una de las dos únicas taquillas, hay una segunda cola llena de cabezas blancas. Un hombre muy mayor, apoyado en una andadera, no espera turno en ninguna de las dos, sino que aguarda una oportunidad para pasar directamente a la taquilla. Mientas tanto, mantiene una animada conversación genérica con la gente cerca de él. Conversa con tanto placer que en dos oportunidades los clientes que encabezan las colas le han cedido el turno sin que él se dé por aludido. Finalmente, cuando se retira un cliente más de una de las ventanillas, varias personas le dicen con impaciencia que pase, que la taquilla está libre, y él por fin hace caso.
Hombre: (Caminando con suma dificultad, ayudado por su andadera, y hablando alto.) ¡Calma, calma, que les va a dar algo! Ya uno ni puede hablar tranquilo con la gente… Con calmita, que aquí el patuleco soy yo.
Posted on July 23, 2012 with 8 notes
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Libre
Viernes, diez y media de la mañana. En la entrada posterior del Sambil, se estaciona un taxi blanco en espera de clientes. Apenas hay gente. Se abre la puerta y se apea el conductor, un hombre canoso y barrigón que se despereza con un potente gruñido y las manos cerradas en puño, una de ellas apuntando al cielo, como un héroe de cómic.
Taxista: (Luego del gruñido, a gritos y alzando los dos brazos en forma de V.) ¡A mamar, que llegó Tío Rico!
Posted on July 14, 2012 with 4 notes
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Moneda corriente
Martes, cerca de las diez de la mañana. Un hombre joven —jeans, franela impoluta, zapatos de goma Nike, músculos de gimnasio, pistola al cinto, celular en mano y un penetrante olor a perfume— vigila a tres mujeres sentadas donde pueden en un cuarto saqueado, con anaqueles vacíos, gavetas volteadas y el piso convertido en un basurero de papeles, libros, carpetas, cassettes numerados y facturas. Sus dos cómplices están revolviendo las otras habitaciones del viejo apartamento. La mayor de las mujeres, una anciana, no cesa de insultarlos en voz alta, para angustia de la más joven. La tercera mira el suelo, sostiene una mano de la anciana y murmura sus oraciones sin tregua. El hombre las obliga a estar de espaldas a él. Después de un silencio nervioso, retoma, pese a las evidencias, la letanía aprendida que han repetido los tres delincuentes desde su irrupción.
Hampón: (Dirigiéndose a la más joven.) ¡Calme a su mamá! ¡Calme a la vieja! ¡Dígale que se calle, pues! (Pausa.) ¿Dónde tienes dólares? ¿Dónde están las prendas? ¡Dale, pues, para irnos rapidito! ¿Dónde están los… los… los bicho… cómo es que se llama?… Los… ¡Loseuro! ¿Dónde están loseuro?
Posted on June 8, 2012 with 1 note
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…y progreso
Sábado, 4.30 de la madrugada. En la oscuridad apenas herida por la luz amarillenta de un poste, la calle se vuelve animal y suenan solo trinos y ladridos esporádicos. A ellos se suma el quejido cadencioso de una bicicleta que aparece en escena, circulando por el centro de la calzada con una bolsa plástica blanca amarrada al manubrio. El hombre que la conduce se ha remangado las perneras del pantalón para que no se le enreden en los pedales. Va en chancletas. Los ladridos arrecian a su paso y aún más cuando se desvía, sube la acera y se detiene casi bajo el farol. Recuesta la bicicleta en el muro de una casa, se para frente a la pared con las piernas bien separadas, apoya en la cerca su mano izquierda y en ella descarga todo su peso, mientras con la derecha se ocupa de abrir la bragueta y dirigir el chorro de orina. Entretanto, tres perros callejeros se acercan a ladrarle, más juguetones que amenazantes.
Ciclista: (Sin dejar de orinar, mirando sobre su hombro y manoteando hacia los perros con la mano izquierda, en cortas ráfagas, para no caerse.) ¡Shu! ¡Shu! ¡Orden, pues! ¡Orden! ¡Orden! ¡Orden, pues!…
Posted on May 19, 2012 with 5 notes
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Espejito, espejito
Dentro de un taxi, en algún lugar de la carretera Falcón-Zulia. El chofer, un hombre joven, atento y redicho, viene perorando sobre la infidelidad y echando fugaces vistazos al asiento trasero, donde voy sentada, para buscar aprobación.
Chofer: Por eso es que yo digo: mis hijos, el hombre es un cochino y la mujer es un espejo, ¿no es cierto? (Me mira por el retrovisor.) Claro, el hombre es un cochino porque no importa lo que haga, usted lo baña, lo limpia, y allí está el cochino: sigue siendo un cochino, pero ahí está. En cambio la mujer es un espejo, porque uno la mira y está toda limpiecita y bonita, pero si ese espejo se rompe, allí ya no se puede hacer nada. Lo que queda es botarlo, porque ya no sirve.
Posted on April 29, 2012 with 3 notes
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Anonimato
En una parada de la carretera Falcón-Zulia. En el local, amplio, dispuesto para atender grupos grandes y efímeros de clientes, hay poca gente a media mañana. En los mostradores, algunos choferes y pasajeros ordenan su desayuno, mientras otros se acodan en unas mesas de granito, redondas y muy altas, diseñadas para comer de pie, como en una barra. Entre las mesas, vaga sin mirar a nadie un anciano encogido, diminuto, encorvado. Los hombros de la camisa le llegan a los codos, usa una gorra oscura, sin logo, y camina arrastrando las chancletas de plástico que se asoman bajo las perneras de unos pantalones doblados de cualquier modo para no pisarlos. Su cabello es apenas una pelusa blanca y su barba es larga, como sus gruesas uñas resecas. Un muchacho de vestimenta modesta se acerca a la mesa en la que me apoyo mientras termino un sándwich seco como un tirro. Trae un plato de cartón con dos empanadas. Justo cuando el anciano pasa a su lado, le toca el hombro con gentileza y le llama la atención.
Muchacho: (Poniendo el plato en la mesa y atrayendo con su mano al anciano.) Venga por aquí, que aquí tiene un desayunito.
Los ojos acuosos del anciano adquieren de inmediato vivacidad, se acerca a la mesa sin dudar y sin mirar al muchacho, y en un gesto infantil sonríe con su boca desdentada, alegre. Su cara está apenas un poco más alta que la mesa.
Anciano: (Dirigiéndose a mí, sonreído.) Hay que comer, ¿verdad? Hay que comer. El que no come se muere, dicen las muchachas (Señala hacia un lugar indeterminado en la última frase.).
El muchacho regresa y se detiene al lado del anciano, mientras abre un cartón de jugo. Al lograrlo, introduce un pitillo por la abertura y amorosamente le pone en la mano el jugo, y no suelta el envase hasta asegurarse de que el hombre lo tiene tomado con firmeza. Solo entonces se da media vuelta y se retira a otra mesa, donde un amigo, también muy joven, lo espera comiendo.
Anciano: (Que me sigue hablando con alegría, sin mirar al muchacho.) Hay que comer, ¿no es verdad? El que no come se muere, como dicen las muchachas (Señala nuevamente hacia aquel lugar indeterminado.).
Posted on April 29, 2012 with 6 notes
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Precio justo
En un baño de carretera. Junto a la destartalada puerta, una mujer está sentada en una silla baja, apropiada para un kínder. Tiene en su regazo una caja de cartón poco profunda, en la cual ha dispuesto tiras de papel higiénico dobladas con esmero y una cajita de plástico transparente, que deja ver monedas de un bolívar y billetes de dos. Suda, se abanica con un cartón y se acomoda con frecuencia el koala de cuero negro que se le incrusta en el abdomen.
Señora: (Dirigiéndose a mí con desgano, cuando entro en el baño.) Aquí sí hay el papel higiénico. Una colaboración.
Yo: (Todavía despistada por el contraste del sol despiadado del exterior y la penumbra cochambrosa del interior.) No, gracias.
Señora: Mire que es papel de los buenos, de los de antes, de hoja doble. Dos bolivita.
Posted on April 29, 2012 with 4 notes
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Plays: 120
Lo que dicen por el parlante de una camioneta destartalada que pasa por mi casa.
Posted on March 29, 2012
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Emoticonos
En una tienda de electrodomésticos al final de la tarde. El empleado, sentado frente a una computadora, busca el precio de la secadora de ropa por la que estoy preguntando. Es un hombre en la segunda parte de sus treinta años y tiene el codo apoyado en el brazo de la silla y la mano en la cara, con el dedo índice como bigote.
Yo: (Sentada en otra silla frente a él, con el escritorio de por medio.) ¿Y es fácil de instalar?
Empleado: (Retirando la mano de la cara y poniendo gesto de sorpresa.) ¡Eso es un momentico! (Gira un poco la silla para buscar algo, pero se endereza de inmediato y con brusquedad al percatarse de un posible problema.) ¿Cómo es el enchufe de la casa?
Yo: No sé, es de 220… ¿Cómo que cómo es?
Empleado: ¿Es chino triste?
Yo: (Perpleja.) ¿Chino triste?
Empleado: (Dibujando en el aire con sus índices dos rayas oblicuas como un techo de dos aguas y repitiendo el dibujo con insistencia.) ¡Chino triste… chino triste!
Yo: (Comprendiendo la referencia, finalmente.) Ah… sí, es chino triste.
Empleado: Bueno, entonces eso no tiene ciencia, es un momentico.
Posted on March 14, 2012 with 14 notes
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Animación
En la panadería, sábado. Una niña de quizás tres años avanza dando brinquitos por los pasillos. Su disfraz es difícil de descifrar. Sus cabellos enmarañados sostienen una corona plateada con fina pedrería de plástico. Su cuerpecito cilíndrico está forrado con un leotardo rosado de lycra. De su espalda sobresalen dos alas hechas con alambre y tul enganchadas a una especie de arnés de cintas rosadas. En sus pies brillan unas sandalias plateadas con una gran hebilla dorada como adorno. Tiene los ojos pintados con sombras azules, las mejillas con colorete, y los borrones de carmín que rodean sus labios hacen suponer que estos también estuvieron pintados hasta hace poco. Pero sin duda, la pieza más importante del disfraz la lleva en la mano: un delgado palo forrado en papel de aluminio en uno de cuyos extremos han clavado una estrella de cartón plateada. La madre de la niña está esperando su pedido en la sección de charcutería y con frecuencia busca con la mirada el paradero de su hija. La niña va deteniéndose aquí y allá frente a la mercancía apilada en las estanterías y murmurando le va dando golpecitos con la estrella de su varita a un paquete por aquí, a un botellón por allá. Cada vez, luego del conjuro, se queda quieta por unos segundos y observa en silencio los objetos. Concentrada en lo suyo, se va acercando a mi lado sin reparar en mí. Justo a mi vera, repite la operación con unas bolsas de chucherías y obtiene el crujido del celofán como respuesta. Al cabo de los dos segundos de rigor, cuando ya mira hacia su próxima tarea, las bolsas se desparraman y algunas caen al piso. La niña se queda muy seria viéndolas un momento y luego alza la vista hasta dar con mi cara. Sus ojos están muy abiertos.
Niña: (Mirándome entre curiosa y asustada y señalándome con su dedito.) ¿Tú?
Yo: (Poniendo cara de sorpresa.) No, yo no.
Niña: (Corriendo, después de una brevísima meditación mirando las bolsas.) ¡Mamiii!
Posted on February 20, 2012 with 5 notes
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Alegoría
Vereda del Lago al amanecer. Un hombre está sentado en un banco de piedra. Sus ropas son holgadas y del color de la miseria. Frente a él, un convite de palomas picotea unas migas de algo que el desposeído les va suministrando. Me ve venir, y en la disposición de su cuerpo noto la ansiedad por que termine de acercarme. Cuando juzga que puedo oírlo, habla como si la conversación llevara ya un rato.
Hombre: (Apuntando con la barbilla hacia las palomas.) Digo yo, ¿no?, que eso es como decir la paz, así, en medio de ese… de ese vainero.
Le sonrío todavía sin entender bien, hasta que detallo que en medio del conjunto de palomas en distintas gamas de grises, con sus cuellos irisados, sobresale una más corpulenta y completamente blanca, vigilante, sin inclinarse para comer, con su pescuezo basculando en alto y sus ojos nerviosos.
Posted on February 3, 2012 with 6 notes
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Rebajas
En una tienda de ropa femenina en Lago Mall, 11 de la mañana. Una mujer de edad indefinible pasea por el estrecho pasillo hablando en voz muy alta por su BlackBerry con un acento que pretende ser caraqueño. Lleva colgada del antebrazo una voluminosa cartera de marca, viste ropa de gimnasio, es muy delgada y su larga cabellera está recogida en una cola de caballo.
Mujer: (Hurgando entre los percheros con sus larguísimas uñas decoradas con lunares verdes.) No… no… te estoy diciendo que eso se tarda mucho. Acuérdate de la vez que tuvimos que sacar el papel aquel, el bicho, la cosa aquella de defunción… el certificado de defunción. Acuérdate que eso se tardó yo no sé cuánto en el ministerio tal, luego en el ministerio cual, luego en el de… (Escuchando a su interlocutora mientras asiente con una sonrisa, como excusándose con las otras compradoras que rebuscan entre las rebajas.) Bueno, mira, te estoy diciendo que eso se tarda mucho y no va a llegar a tiempo a Houston… (Nueva pausa durante la cual mira al techo, impaciente.) Mi amor, de verdad que te quiero ayudar, pero… Te estoy diciendo que no vas a poder presentarla porque no te van a llegar los papeles a tiempo. (Haciendo gestos de hartazgo para su público cautivo.) Bueno, mijita, ¡haces como los maracuchos, que presentan al muchacho, lo bautizan, le pican la torta, la primera comunión, toa verga junta! (Vuelve a mirar a la concurrencia con la sonrisa de disculpa.)
Posted on January 22, 2012 with 5 notes
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Aguinaldo
Cerca del mediodía, 24 de diciembre, en una panadería. Un hombre desdentado, calzado con cotizas de plástico y vestido con ropas dos tallas más que las necesarias para cubrir su delgado cuerpo, acerca su cara a la de la cajera que lo atiende y le susurra a la mujer algo que el resto de la clientela no escucha.
Cajera: (En voz alta, luego de un leve empujón al cliente, a quien evidentemente conoce.) ¡Cómo hicierais, Chúo, si a vos eso no se te levanta ni con grúa! (Dándole el vuelto.) Te voy a buscar una horquetica, a ver si así… ¡Es que ni que te comáis mil chipichipis! Eso está caduco, está triste de mirar pal suelo.
El hombre se ríe en silencio durante toda la respuesta de la cajera, y después de recoger su bolsa, introduce unas monedas en un pote de plástico ubicado al lado de la caja registradora, forrado con papel de regalo de motivos navideños.
Cajera: (A todo pulmón, sin hacer casi pausa entre lo que respondía a las insinuaciones del hombre y sus próximas palabras.) ¡POOOOTEEE!
De todos los rincones de la panadería surge un coro de empleados que chilla ¡GRAAACIAS! Le sigue un jolgorio hecho de improvisada percusión, aplausos y un claxon que revienta los tímpanos en el local cerrado. El hombre me mira sonreído, menea la cabeza en señal de reprobación y señala con el pulgar a la cajera mientras levanta la comisura izquierda de sus labios.
Posted on December 28, 2011 with 4 notes
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Milagro sanitario
En el baño de mujeres de la llegada de vuelos nacionales del aeropuerto La Chinita. El lugar está impoluto y aparentemente solitario. De repente, se escucha el inconfundible estruendo de una poceta a la que le acaban de halar la cadena.
Señora mayor: (Hablando fuerte, aunque sin conciencia de que alguien escucha.) ¡Alabado sea el Señor! ¡Mil gracias, Dios padre! (Abre el cubículo donde estaba, mientras se cuelga el bolso del hombro, y entonces me descubre. Ahora habla un poco apenada.) Da como un fresquito que haya agua en el baño, ¿no?
Posted on December 28, 2011 with 16 notes
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De colores
Lunes, cinco de la tarde. Un cepilladero está parado frente a la salida de un supermercado en Delicias. El hombre tiene apoyado un pie en un pedal de la bicicleta mientras toca sin parar el claxon de su carrito rojo y blanco, compitiendo con el amasijo de sonsonetes que escupen las cornetas ubicadas frente a varios locales del centro comercial. Del supermercado sale con paso firme y sin bolsas un hombre cuarentón, grueso y muy perfumado que se detiene cuando ve al cepilladero. De inmediato cambia su curso y antes de llegar a su destino ya comienza a gritar.
Cliente: ¡Cepillaero, dame rapidito un cepillao de rojo ahí!
Cepilladero: (Sin moverse.) De colita no me queda ya.
Cliente: ¿Ah? ¿No hay de rojo? ¡Ah, vaina, chico, y ese es el que me provocaba, ve! (Estirando el cuello para ver bien las botellas con líquidos de colores y haciendo sonar las llaves del carro, que lleva en su mano.) No, del amarillo ni de verga, esa vaina es muy maluca. Dame uno de verde ahí, pues.
Cepilladero: (Armándose con su cepillo de metal para raspar el mermado bloque de hielo de que dispone.) ¿De menta?
Cliente: ¿¡De menta!? Si vos decís…
Posted on December 20, 2011 with 5 notes