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Grandes esperanzas
Media tarde en la sala de espera de una pequeña clínica. Frente a mí está sentada una señora mayor que se comporta con la desenvoltura de una paciente experimentada. Mientras aguarda a su médico, ha emprendido pequeñas conversaciones con distintas personas a su alrededor e incluso ha dormitado con un pañito verde sobre la cara. Viste un pantalón negro de cuyas perneras asoman unos tobillos formidables y unos pies apenas protegidos por unas sandalias de charol rosado. Tiene un rostro bonachón y no se aparta de una bolsa con asas de plástico duro, de la tienda Dorsay.
Señora: (Buscando conversación conmigo y mis acompañantes por segunda vez en la tarde.) ¿Y ustedes a quién están esperando?
Yo: A mi mamá, que la están operando.
Señora: Ah… ¿Y de qué?
Yo: (Señalando mi muñeca derecha para aclarar con gestos lo que el ruido ambiental puede hacer confuso.) Del túnel carpiano.
Señora: (Simultáneamente.) ¡Del túnel carpiano!… (Asiente con la cabeza por unos segundos y luego nos muestra su muñeca derecha mientras habla con gesto de suficiencia.) A mí ya me operaron de eso. (Con el índice izquierdo hace el signo de una cruz en la palma de la mano.) El túnel y todos estos dedos que los tenía así, ve. (Cierra los dedos en puño.) Y así se me quedaban… Noooo, a mí me operaron de eso hace años… y para nada porque estoy igualita. Ahí está, me sigue doliendo igualito… Y no es nada, que ahora tengo la otra mano igual, pero yo no me opero otra vez ni loca, ¡qué va! Esa operación es horrible. A mí cuando me operaron, yo lo sentí todo; eso yo sentía todo hasta que le dije al doctor que yo no aguantaba más y entonces me durmieron. (Se agarra con fuerza el antebrazo.) Y le ponen a uno eso para tomar la tensión… apretadísimo, durísimo, ¡ay, no, no, no! ¡Eso es horrible! (Torciendo el morro en gesto de resignación.) Y para nada, porque ahí está… igualito. Yo sí no me dejo operar más… Eso después duele mucho. (Luego de un breve silencio en el que parece haberse dado cuenta de su imprudencia.) No, pero si Dios quiere, quién quita y a su mamá le va bien. (Silencio.) ¿Y su mamá cuántos años tiene?
Yo: Ochenta y dos.
Señora: (Con gesto compungido y tono lastimero.) ¡Ay, Señor!
Posted on April 9, 2011 with 7 notes
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