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Con los cauchos blandos
Media mañana en un pulilavado. En la sala donde los clientes esperan mientras lavan sus carros, un sesentón ataviado con bermudas y sandalias revisa con gesto cansino el periódico que alguien ha dejado en una de las mesitas del local. Lleva unos escapularios a modo de collar y mira con frecuencia a lo lejos a través del ventanal. No es un cliente. Acompaña a otro hombre mucho más joven, quien está atareado ordenando la exhibición de sus películas piratas. El hombre de las bermudas parece aletargado y ha permanecido silencioso hasta que entra el dueño de una camioneta inmensa, a quien obviamente conoce.
El de las bermudas: (Súbitamente animado.) Epa, campeón, ¿y vio la carrera del domingo en Hungría? Ese Webber ganó y los dejó locos.
El de la camioneta: (Al tiempo que recorre todo el local con la mirada, bucando a la cajera, sin fijar la vista en quien le habla.) ¿Pero esa no la ganó Alonso, pues?
El de las bermudas: No, esa fue la otra, esa fue la que Massa iba ganando y… y dejó que Alonso lo pasara. Entonces Massa dice que él no va a hacer más eso porque tal, porque cual, porque él no es segundo de nadie. Nojosa, ¿por qué no lo hizo de una vez?
El de la camioneta: (Un poco distraído, mientras saca la cartera para pagar.) Claro, claro.
El de las bermudas: No, pero vení acá, es que Sebastián Vettel ganaba galopando, ¿oíste? Pero entonces hubo un accidente y vino y salió el fiscal…el carro ese, el de los comisarios, que llaman…y le dijeron a Vettel que no inventara, que se metiera en los boxes. Entonces tomó Max Webber la punta en la vuelta veintidós y supuestamente le quedaban cinco vueltas por los cauchos. (Se levanta y pone su mano derecha ahuecada sobre la comisura del labio, como una bocina, y dice en voz considerablemente alta.) ¡Le dio hasta la cuarenta y cinco! ¡Hasta la cua-ren-tay-cin-co! (Ahora haciendo círculos en el aire con su veloz índice derecho.) Riquirriquirriquirriqui… y empezó a sacar ventaja. Le sacó ventaja a Alonso… entonces iba de tercero y se le puso segundo (Ya en medio de la sala, haciendo sonar sus dedos índice y corazón, cual fuetes, como los fanáticos de las carreras de caballos.) Y le empezó a sacar ventaja a Alonso, muchacho, con cauchos blandos… (Camina por la sala, gesticulando con todo el cuerpo.) Y llegó hasta la cuarenta y cinco de setenta vueltas con los cauchos así. Ajá, y se metió a los pits… (Chasqueando los dedos.) ¡Tra fua fua fua!… Le cambiaron los cauchos y salió disparado… (Roza sus dos plamas extendidas y horizontales, y deja un brazo extendido hacia el horizonte.) ¡Fuuuuuu!… ¡Y todavía les sacó una vuelta! Schumacher tuvo que apartarse para dejarlo pasar, ve qué molleja.
El de la camioneta: (Sosteniendo el ticket cancelado en la mano, pero mirando con interés a su interlocutor.) Qué bárbaro…
El de las bermudas: Sí, hombre. Estuvo buenísima. (Queda unos segundos parado en medio de la sala y luego regresa a su silla, mientras los demás presentes retoman lo que estaban haciendo). Buenísima.
El de la camioneta: (Después de unos segundos de silencio durante los cuales el único que se ha movido es el sesentón de las bermudas, que ha retomado el periódico y ha vuelto a su gesto cansino.) Como que ya está lista la camioneta. Bueno, pues… hasta la próxima. Qué bueno verlo así, campeón.
El de las bermudas: (Mirando a ninguna parte a través del ventanal, habla después de que el de la camioneta ha salido.) Yo no le tengo miedo a la muerte. Yo creo que más bien ella me tiene miedo a mí, porque ya me ha devuelto de allí varias veces.
Posted on August 13, 2010 with 5 notes
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