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Pistoneando
Martes a media mañana. Se montan en mi carro los mecánicos que una amiga y yo hemos ido a buscar. Uno es voluminoso y callado; el otro, menudo y locuaz. Después de los saludos de rigor, mi amiga quiere saber por qué no han podido ir, como le habían prometido, hasta el lugar donde está el carro accidentado.
Amiga: (Dirigiéndose al locuaz.) ¿Y entonces?, ¿andas sin carro?
Mecánico: Más o menos.
Amiga: ¿Cómo es eso?
Mecánico: (Con sorna.) Es que tengo es un carrito brollero. Eso nada más lleva y trae.
Posted on March 14, 2013 with 3 notes
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Una cosa así
Media mañana, en una ferretería. Un muchacho de no más de veinte años, vestido con un mono lleno de lamparones de pintura y grasa, se entretiene viendo los anaqueles mientras espera por el dependiente. Cuando este —un hombre de pelo cano y mal humor— se planta frente a él para hacerle la factura de la compra, el muchacho le señala una foto enmarcada y desvaída, colgada desde no se sabe cuándo en uno de los estantes. En ella se ve a Rafael Caldera, con su banda presidencial, acompañado por Alicia Pietri. Está autografiada en la parte inferior.
Muchacho: ¿Quién es que es ese?
Dependiente: (Volteando sin mucha gana, mientras suspende el bolígrafo a un milímetro del facturero.) ¿Quién? ¿Ese? Ese es Caldera.
Muchacho: Ah… Caldera. Él fue presidente, ¿no? O una cosa así fue que fue.
Posted on January 31, 2013 with 11 notes
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Lampacea, fija y da esplendor
Sábado en la mañana, en una panadería convertida en minimercado. En uno de los estrechos pasillos, una mujer con el pelo recogido bajo un gorro y calzada con botas de seguridad lampacea. Otra empleada está muy cerca, revisando anaqueles y haciendo anotaciones en una carpeta.
La que anota: (Monocorde, sin pausa, mientras aparenta estar muy concentrada en sus notas.) Lampacear, lampacear, lampacear, lampacear, lampacear, lampacear…
La que limpia: (Sin quitar la vista del suelo, en el mismo tono y al mismo tiempo que su compañera.) Coletear, coletear, coletear, coletear, coletear, coletear…
La que anota: (Interpelándome, al darse cuenta de que voy pasando y no he escuchado su conversación previa al intercambio de infinitivos.) ¿No es verdad, señora? Si uno está aquí, ¿cómo se llama eso? (Apunta con la barbilla a la actividad de su compañera.)
Yo: (Divertida.) ¡Lampacear!
La que anota: ¡Claro que lampacear! (Dirigiéndose a la que limpia.) No vais a hacer como el sobrino mío, que es de allá de Maracay, y dice: “Tía, pásame las cholas”. Y yo le digo: “¡Qué es eso, muchacho! Eso no se dice ‘cholas’, se dice ‘cotizas’. Chola es lo que tiene usted ahí en el medio”.
Posted on October 27, 2012 with 2 notes
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En gaceta
Viernes 5 de octubre, siete de la mañana en un liceo de Maracaibo. Los miembros de las mesas electorales, citados allí para instalarlas, forman un corrillo en el vestíbulo del edificio alrededor de un militar joven, vestido de verde oliva, que se identifica como teniente a cargo del centro de votación por parte del Plan República. El hombre habla con brusquedad castrense y acento caraqueño montaraz, pero no resulta antipático.
Teniente: (Hablando con el mentón alzado.) Escuchen una vaina: si ustedes colaboran conmigo, yo colaboro con ustedes. Este es un proceso muy largo y no podemos dejar que se embochinche. (Alguien lo interrumpe y alude a unos pendones en los que se indica los objetos que no pueden ingresar al centro de votación, las normas y las penalizaciones en caso de infracciones y delitos electorales.) Ah, sí, sí: esto no lo estoy inventando yo, esto es el reglamento, esto es la ley, esto salió en gaceta. El que le falte el respeto a un centinela va preso, el que se burle o lo llame pajúo, marico, güevón, cabeza ‘e güevo y tal, ya sabe…
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*Contado por un miembro de mesa.
Posted on October 6, 2012 with 1 note
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Cédula
Madrid, avanzada la mañana, en las cercanías del Palacio de Oriente. Como parte de un trío de paseantes, un venezolano que vive en España entretiene a los otros dos con una anécdota. Otro pequeño grupo de gente avanza en dirección opuesta. En él destaca una mujer entrada en la treintena, ataviada con pantalones pescadores rosados, sandalias y lentes oscuros.
El de la anécdota: (Hablando en voz alta, metido en su relato.) …¡Y el tipo lo que quería es que me bajara de la mula!
La de los pescadores: (Al cruzarse con el trío, señalando con el índice por encima de su hombro y con inconfundible acento caraqueño) ¡Venezolano!
Posted on September 6, 2012 with 8 notes
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Plays: 119
Lo que dicen por el parlante de una camioneta destartalada que pasa por mi casa.
Posted on March 29, 2012
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Bicho raro
Media mañana en una gasolinera. Mientras espero que se llene el tanque de mi carro, veo a un hombre bajo y regordete, de pelo cano, con visera negra, grandes lentes oscuros, bermudas grises un poco largas (o pantalones muy cortos), zapatos blancos de goma, medias grises y una franelilla negra. Está hablando con uno de los empleados en la otra isla de la bomba y se le escuchan grandes risotadas. Cuando concluye, se acerca y, una vez al lado de mi carro, apoya todo su antebrazo izquierdo en el surtidor de gasolina y hace descansar en él todo el peso de su cuerpo, mientras pone su brazo derecho en jarras. Observa un momento en silencio al bombero que está atendiéndome y enseguida comienza a conversar con él.
El de las bermudas: Verga, a la sobrina mía le robaron el BlackBerry ayer en el bus.
Bombero: ¿Ayer? Verga, con razón no me saludó ayer; andaba arrecha.
El de las bermudas: Sí, allá estuvo allá toda la tarde llorando en la casa.
Bombero: Verga, pero esos teléfonos no son para andar usándolos en el bus. Eso no se usa en el bus. Si esos coños, ajá, prenden así (hace como si pulsara con el pulgar un teléfono imaginario), y ya saben cuántos BlackBerrys hay y pum, pum, pum… ya está. Así se lo robaron al sobrino mío…
El de las bermudas: Eso le dije yo, pero ajá, ¿cómo hace uno? (Tratando de incluirme en la conversación.) ¿No es verdad, señora, que así se lo roban a uno?
Yo: Bueno, eso dicen, pero no sé, yo no tengo BlackBerry…
El de las bermudas: ¿Cómo así?
Bombero: (Al mismo tiempo que el otro.) ¿Se lo robaron?
Yo: No, no… no tengo uno, nunca he tenido.
Bombero: Ah… (Ambos se sumen en un silencio incómodo, como cuando se ha cometido una indiscreción.)
Posted on October 1, 2010 with 20 notes
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Resolviendo
Una cauchera, miércoles, anocheciendo. En la mugrienta pared de la oficina resalta una cartelera encabezada por una cartulina verde en la que, convenientemente, han escrito con marcador azul “cartelera”. Varios mensajes han sido pegados con chinchetas: “Atención: Pasados 15 días NO responderemos por cauchos dejados a reparar”; “Un buen trabajador bien vale su precio. Uno malo ni regalado”; “La vida de sus cauchos puede ser la suya. Cuídelos!!!”; y por último “La tortura no es arte ni cultura. Por una Maracaibo antitaurina no asistas a las corridas”. En la pared, escrita con la tiza amarilla que usan los empleados para marcar los huecos en los cauchos, también puede leerse una lista: “2 lechugas, perejil 5 kilos, cebollas 1 saco, papa 1 saco, t. manzano 1 saco, sédano 4 kilos”. La rodean algunos números de teléfono y de placas. El cauchero es joven y afable. Su ropa, la cara y los brazos están tiznados. Mientras trata de encontrar por dónde se fuga el aire de uno de los cauchos de mi carro, atiende a un hombre cuyo Fiat llegó con un pinchazo terminal.
Cliente: ¿No tenéis vejiguitas?
Cauchero: (En una batea, donde espera que el agua vertida sobre la llanta delate la fuga.) Negativo. ¿Pero sabéis qué? Te vais aquí mismito, al doblar, allí en la bomba, ahí mismito, y te vais a buscar a… ¿cómo es que se llama?… Bueno, ve, uno que camina así (suelta el caucho en la batea y hace una especie de imitación de Quasimodo, versión Charles Laughton, y se ríe en respuesta a la sonrisa del cliente)… En serio, va pues. Él es estropeaíto. Bueno, él debe tener vejigas. Decile que te mando yo.
Cliente: (Ya caminando.) Vamos a ver. Vértale, y yo que quería viajar este fin de semana…
Cauchero: Si no hay vejiguita, venite que algo inventamos… (Hablando ahora con los que quedamos.) Uno tiene que resolver, ¿verdad? Eso está como el viernes, que nos fuimos pa allá, pa Falcón, pa los Cayos, pa Morón, pa allá, y yo te voy a decir una cosa, esas carreteras no sirven para nada, pero la peores son las del Zulia. Ve, veníamos con dos Sparks y cuando cayeron en los huecos fue que se dieron cuenta que no tenían repuesto. Bueno, ahí está: les tuve que llenar los cauchos con gasolina. (Mira satisfecho a su alrededor sin dejar de trabajar.)
Yo: (Complaciéndolo con la pregunta.) ¿Cómo así?
Cauchero: Bueno, eso es truco de carretera. Yo lo aprendí de unos guajiros allá en Maicao. Vos agarráis ¿no?… si el rin se dobló pero no se partió el caucho, vos agarráis y enderezáis el rin y entonces le aflojáis el caucho y llenáis el caucho por dentro con gasolina, y con un Panorama así bien largo (estirando el brazo), chas, lo prendéis, y eso, pum, explota… y se llena y queda completico en el rin. Yo nunca lo había hecho, pero yo había visto a los guajiros y yo dije (manoteando como quien da tres bofetadas al aire): eso es así, asao y cosío. Y listo.
Posted on August 29, 2010 with 8 notes
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Cédula
En la cola para pagar en la panadería. Los clientes estamos en silencio hasta que se dispara una alarma. De inmediato, la fila se descompone y todos miramos, inquietos y pescueceando, a través del ventanal que separa la panadería del estacionamiento. Al corroborar que no se trata de ninguno de los carros de los presentes, se forma una conversación colectiva en la que cada quien aporta el breve relato del último atraco o robo del que tuvo noticia. Cuando el coloquio languidece, luego de un par de minutos, un hombre setentón que ha permanecido callado y viste una guayabera interviene con inconfundible acento italiano.
Italiano: (Meneando la cabeza mientras pone su bolsa de pan sobre la cinta móvil de la caja registradora.) Ay, Maracaibo, qué desastre… Lo maracucho somo pura pérdida. Este paí se lo ievó quien lo trao.
Posted on June 24, 2010 with 4 notes
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La piedad
Domingo, cerca del mediodía, lateral de la Basílica. Un hombre y una mujer se detienen frente a una de las vendedoras de flores ubicadas en la acera. La mujer contiene a duras penas su voluminosa figura con un leotardo de lycra y una larga franela. Usa una gorra blanca, tiene la voz gruesa y, en general, luce amenazante. El hombre es menudo, muy delgado y tiene un bigotillo ralo y descuidado. Ella cruza los brazos y espera que él haga algo que, al parecer, previamente han acordado.
Ella: (Señalando con la barbilla a una de las vendedoras.) Vai, pues.
Él: (Con voz queda, apuntando con el dedo hacia las rosas envueltas en celofán.) ¿A cuánto salen?
Vendedora: A quince.
Él: (Tensando hacia abajo la comisura de los labios.) ¡Értale!
Ella: (Furiosa, manoteando.) ¡Verga, comprale unas flores a la Chinita, no seáis malparío!
Posted on June 20, 2010 with 3 notes
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Atravesado
Dentro del carro, al salir de una panadería. Mientras me abrocho el cinturón de seguridad y enciendo el motor, suena el celular y lo respondo. Al mismo tiempo, el “cuidador” se para al lado de mi ventanilla y asumo que está esperando por su propina. Rebusco unas monedas y al bajar la ventana para dárselas, él me hace señas de que quiere decirme algo. Como insiste, pido permiso a mi interlocutor y me centro en este hombre enteco, de unos cincuenta años, que lleva puesto un chaleco anaranjado fosforescente con tiras horizontales amarillas.
Cuidador: (Luego de esperar impaciente a que termine de bajar la ventanilla y le preste atención.) ¿No estáis viendo?
Yo: (Encogiendo los hombros, sin entender.) ¿Qué?
Cuidador: (Dando un manotazo en el aire en dirección a una camioneta enorme que está arrancando al lado de mi carro.) ¡El coño ese! Se para atravesao, yo me le acerco y le digo: “Señor, está atravesao”, y el coño viene y me dice: “Andá a joder al coño”. Y arranca. ¿Estáis viendo? ¡Es que la gente no tiene educación!
Yo: (Con el celular apoyado en mi pecho y mi interlocutor aguardándome en línea.) No tiene, no tiene…
Cuidador: Bien cuidadito, pues.
Posted on April 29, 2010 with 3 notes
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Sin necesidad
En una estación de servicio en Cecilio Acosta. El bombero —muy pequeño, conversador y malhablado— acaba de abrir la tapa de la gasolina de mi carro y busca la manguera para llenar el tanque. Un hombre de unos treinta años, alto, pulcro, de barba recortada, vestido con un jean y una franela blanca metida por dentro del pantalón, y que lleva un viejo morral infantil en el que todavía se leen las siglas ME del antiguo Ministerio de Educación, se acerca a mi puerta, que está entreabierta, y me pilla por sorpresa.
Hombre: Mamita, dame quinientos ahí para ayudarme con el pasaje.
Yo: (Recuperando la calma después del susto inicial que me llevó a cerrar la puerta y hacer ademán de encender el carro.) Déjeme ver si tengo. (Luego de rebuscar entre los centavos, sacando un bolívar fuerte.) Tome. (El hombre toma la moneda y sigue caminando, sin decir nada.)
Bombero: (Que ha regresado con la manguera y tiene cara de susto.) ¿Y ese coño de dónde salió? ¡Verga, qué molleja, justo en el momento en que yo voy a poner la manguera! ¡Susto! ¡Qué molleja! Menos mal que vos estábais mosca. ¿No te digo? ¿Y qué quería?
Yo: Una platica para completar el pasaje.
Bombero: Aquí hay que estar mosca, porque si no aquí… Maginate que ayer entraron a matar a un coño por allá por la casa mía… Por la vereda mía entraron a matar a un coño. De ojos verdes él… Menos mal que la mujer mía les habló en guajiro, porque si no esos coños me matan. Lo hubieran matado a uno sin necesidad, pues. “Dame la esclava y el reloj”, me decían esos coños. Adiós verga, si yo lo que estaba era durmiendo. Maginate que yo oigo la vaina y salgo, y yo lo veo venir y le veo los ojos verdes, ¿no?… un coño así (cierra los puños a la altura de su barriga, flexiona los codos y hace un movimiento de reafirmación al tiempo que tensa los brazos, para indicar que era un hombre fornido), un carajo doble, y lo agarro porque yo creía que era un primo mío, ve qué molleja, y el coño todo asustado… y cuando yo lo veo con los ojos verdes, y el carajo sale esvergatiao… Y yo decía: “¡Al coño!”, y los carajos pegados atrás del coño… a matarlo a palos. Y los coños me decían: “Dame la esclava y el reloj”. ¡Mi alma, ique el reloj! Menos mal que la mujer mía les habló en guajiro. ¡Qué voy a hacer yo con la esclava y el reloj, si yo lo que estoy es durmiendo!
Yo: ¿Y lo mataron?
Bombero: No sé, eso dijeron a correr y puro grito…
Yo: ¿Y qué les dijo su mujer?
Bombero: ¿La mujer mía? ¡Y yo qué coño voy a saber! Yo no hablo guajiro.
Yo: (Sin saber qué decirle.) ¿Cuánto le debo?
Bombero: Son tres.
Yo: (Sacando dos billetes de dos bolívares.) Déjelo así.
Posted on January 25, 2010 with 8 notes
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¡¡¡¡¡EL RECOÑO DE TU MADRE!!!!!
Vecino, a todo pulmón, en el momento en que queda a oscuras por el racionamiento eléctrico.Posted on January 19, 2010 with 9 notes
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Denominación de origen
Domingo, 10.45 de la mañana, en el área de comida preparada de De Cándido de La Lago. Un hombre cincuentón, grueso, vestido de domingo —bermudas, sandalias, franela, gorra—, espera a una mujer (supongo que su esposa) frente a la cajera. Él lleva en su bandeja dos empanadas, arroz, lomo negro, plátano y acaba de pedir una Coca-Cola… Su mujer no ha terminado de ordenar. Va vestida con un mono de hacer ejercicio y lleva dos empanadas en su bandeja.
Él: (Dirigiéndose a su esposa.) Vai, dale pues, que estás haciendo esperar a la señora (me señala con la cabeza).
Ella: Ya va, ya va… Déjala pasar.
Él: Va pues… (Dirigiéndose ahora a la cajera.) No, mija, cobrame a mí porque yo sé cómo es la vaina. Se va a tardar una hora nada más pa decidir qué va a tomar.
Ella: Pero bueno, ¿y cuál es el agite, pues? Deja el desespero. (Hablándole a la cajera.) ¿Qué jugos tienes?
Cajera: ¿Naturales?
Ella: ¡Claro!
Cajera: (Mirando la nevera con puerta de vidrio que tiene a su espalda.) Parchita y tamarindo. Y naranja.
Ella: ¿Y aquellas botellitas de qué son?
Cajera: Jugo de pera y de manzana.
Él: ¿No te digo? No no no no… cobrate lo mío…
Ella: Ah vaina, que ya va, un momentico… (A la cajera.) Dame una uvita.
Él: ¿Tanta vaina para pedir una uvita? ¡Qué molleja de natural! Pa eso pedí una Coca-Cola.
Ella: No, porque la uvita viene de la uva. Quizás de dónde viene la Coca-Cola…
Posted on January 18, 2010 with 6 notes
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Facilidades
Domingo en la mañana. En la caja de la panadería. Un hombre de unos cincuenta años, la cajera (a finales de sus treinta) y el empacador.
Cajera: (Al reconocer al hombre, saluda con una media sonrisa.) ¡Qué fue, peluche!
Hombre: ¡Qué fue, peluche!
Cajera: (Mientras va marcando el pan, los chocolates, las cocosettes…) ¿Qué fue, y cuándo te vais?
Hombre: Yo creo que ya será como el viernes. Van a quedar como un mes solitos… para que me espeluchen, pues. (Se ríe de su chiste.)
Cajera: Mirá, peluche, necesito una licuadora. ¿Cómo a cuánto estará?
Hombre: ¡Bestia, no sé, peluche! Dejame ver, porque eso ahora… (Con las palmas en direcciones opuestas, los dedos muy extendidos y haciendo contacto tan solo en la punta de los pulgares, hace una especie de despliegue vertical que quiere indicar aumento de precios.)
Cajera: Ajá, ¿y para cuándo me la traéis?
Hombre: El lu… Vamos mejor a decite que para el martes, pa no quedate mal. Sí, mejor el martes, que le tengo que traer una bicicleta a la nueva de allí (Señala con la boca hacia el mostrador del pan.). ¿Ella es fija, no?
Cajera: Sí, ella es fija, pero ¡mi alma! ella es más vieja que nada… La que no es fija es la otra, la flaquita.
Hombre: ¿La flaquita? Dejame ponele ya tres cruces. (Termina de pagar y se va hacia la “nueva”, a decirle algo.)
Empacador: (Dirigiéndose a la cajera.) Mirá, ¿y él qué hace aquí?
Cajera: Nada… él vende electrodomésticos. Nosotras le encargamos, él nos los trae y le pagamos semanalmente. Nos da esa facilidad, pues.
Empacador: ¿Y qué te va a traer? ¿Una Oster?
Cajera: Ah, yo no sé.
Empacador: ¿Y a cómo la vende?
Cajera: No sé, eso se ve después.
Empacador: (Sin pizca de ironía.) Ah, está chévere.
Posted on January 10, 2010 with 3 notes