Escenas baratonas

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Escenas baratonas

Ejercicios para el martillo, el yunque y el estribo. Un cuaderno de notas de cosas oídas por ahí, principalmente en Maracaibo. Margarita Arribas

  • Parroquianos

    Lunes en la mañana. Un hombre cincuentón, achaparrado y con bigotes canos está parado en puntillas frente al mostrador de charcutería en el supermercado. Del otro lado, el entarimado de madera sobre el que caminan los empleados subraya la altura del dependiente enjuto, vestido con uniforme verde y gorro tipo barco que lo atiende. El cliente ya va por su tercer pedido,

    Cliente: (Estirando el cuello para supervisar al charcutero en la rebanadora.) El jamón me lo cortáis más grueso que el queso amarillo. Pa ver… (El charcutero, sin mediar palabra ni mover un músculo de su cara, se voltea con parsimonia y le muestra una rebanada de jamón recién cortada.) Así está bien… Nononono, ya va, pa ver, pa ver… (El charcutero, hierático, repite la operación.) Sí, no, así está bien, así está bien… Ve que falta el kilo de palmita. (Sigue hablando después de unos segundos de movimientos inquietos y mirar hacia la sección de panadería con insistencia.) Ve, vamos a hacer una vaina: yo voy a ir un momentico ahí a panadería, porque dejé encargado un pan, una cuestión, y ya debe estar por salir. Poné atención. (El charcutero se acerca, apoya sus dos manos en el mostrador, muy distantes entre sí, con los brazos completamente estirados, sin abrir la boca ni cambiar el gesto.) Ve, vais a dejarme los paquetes míos ahí, ¿no? O sea, primero terminas de cortar el jamón, lo empacas y tal, y luego me vais a dejar los paqueticos ahí hasta que vuelva. (El charcutero lo mira a los ojos en silencio, sin siquiera mover la cabeza en señal de aprobación.) Entonces ve lo que vais a hacer, vais a escribir en un papelito As-tol-fo. (Escribe en el aire el nombre, con letra cursiva y grandes trazos, a medida que silabea.)

    Charcutero: (Después de una pausa dos segundos más larga que lo normal, con voz ronca y cara de póquer.) ¿Romero?

    Cliente: (Después de un momentáneo desconcierto, pero aceptando la broma con igual circunspección que el charcutero.) Sí, poné mi nombre artístico.

    Tagged: así somos camaradería masculina

    Posted on November 28, 2012 with 4 notes

  • Fábula

    Sábado al final de la tarde, en la antesala de un restaurante de comida china. Es un espacio oscuro y amplio, por el que se accede al comedor. Tiene una barra en donde se ordena la comida para llevar y unos sillones de semicuero granate apoyados contra la pared, como en una sala de espera. Dos hombres acaban de hacer su pedido. Vienen juntos. Uno le debe doblar la edad al otro. Se sientan dejando un sillón libre entre ellos. Ambos visten bermudas y franela, calzan sandalias y asumen idéntica posición: rodillas separadas, pies cruzados a la altura de los tobillos, brazos cruzados y apoyados sobre sus barrigas, cada mano asiendo el antebrazo opuesto. Su conversación deshace el silencio del local a esa hora, hasta entonces apenas importunado por el trajinar discontinuo que deja colar la puerta batiente de la cocina.

    El mayor: (Después de recorrer con la vista el local durante unos segundos.) Mirá la vaina, ve. Uno de los dragones está como despeinado. (Le señala al otro dos dragones verdes, rojos y dorados hechos de yeso que enmarcan la puerta del comedor. La lengua de uno de ellos parece un cabello descolocado, ciertamente.)

    El menor: (Después de mirar los dragones unos segundos, reflexivo.) Chico, yo siempre me he preguntado de dónde sacan los chinos eso.

    El mayor: Ya vais a empezar. ¡Preguntale! (Sin esperar reacción de su acompañante, gira su cuerpo sin descruzar los brazos y encara la barra, donde un joven achinado está concentrado en hacer cuentas con una sumadora.) ¡Chino!… ¡Ey, chino! (Sin mayor extrañeza, el muchacho levanta la vista de la sumadora y aguarda por lo que tengan que decirle.) Ey, ¿dónde compran ustedes los dragones, las lamparitas, los apliques, las vainas…?

    Empleado: (Antes de volver a sus cuentas y con inconfundible acento maracucho.) No sé, preguntale al dueño.

    Tagged: políticamente incorrecto así somos

    Posted on November 22, 2012 with 5 notes

  • En gaceta

    Viernes 5 de octubre, siete de la mañana en un liceo de Maracaibo. Los miembros de las mesas electorales, citados allí para instalarlas, forman un corrillo en el vestíbulo del edificio alrededor de un militar joven, vestido de verde oliva, que se identifica como teniente a cargo del centro de votación por parte del Plan República. El hombre habla con brusquedad castrense y acento caraqueño montaraz, pero no resulta antipático.

    Teniente: (Hablando con el mentón alzado.) Escuchen una vaina: si ustedes colaboran conmigo, yo colaboro con ustedes. Este es un proceso muy largo y no podemos dejar que se embochinche. (Alguien lo interrumpe y alude a unos pendones en los que se indica los objetos que no pueden ingresar al centro de votación, las normas y las penalizaciones en caso de infracciones y delitos electorales.) Ah, sí, sí: esto no lo estoy inventando yo, esto es el reglamento, esto es la ley, esto salió en gaceta. El que le falte el respeto a un centinela va preso, el que se burle o lo llame pajúo, marico, güevón, cabeza ‘e güevo y tal, ya sabe…

    ´

    *Contado por un miembro de mesa.

    Tagged: así somos así hablamos así estamos

    Posted on October 6, 2012 with 1 note

  • Anonimato

    En una parada de la carretera Falcón-Zulia. En el local, amplio, dispuesto para atender grupos grandes y efímeros de clientes, hay poca gente a media mañana. En los mostradores, algunos choferes y pasajeros ordenan su desayuno, mientras otros se acodan en unas mesas de granito, redondas y muy altas, diseñadas para comer de pie, como en una barra. Entre las mesas, vaga sin mirar a nadie un anciano encogido, diminuto, encorvado. Los hombros de la camisa le llegan a los codos, usa una gorra oscura, sin logo, y camina arrastrando las chancletas de plástico que se asoman bajo las perneras de unos pantalones doblados de cualquier modo para no pisarlos. Su cabello es apenas una pelusa blanca y su barba es larga, como sus gruesas uñas resecas. Un muchacho de vestimenta modesta se acerca a la mesa en la que me apoyo mientras termino un sándwich seco como un tirro. Trae un plato de cartón con dos empanadas. Justo cuando el anciano pasa a su lado, le toca el hombro con gentileza y le llama la atención.

    Muchacho: (Poniendo el plato en la mesa y atrayendo con su mano al anciano.) Venga por aquí, que aquí tiene un desayunito.

    Los ojos acuosos del anciano adquieren de inmediato vivacidad, se acerca a la mesa sin dudar y sin mirar al muchacho, y en un gesto infantil sonríe con su boca desdentada, alegre. Su cara está apenas un poco más alta que la mesa.

    Anciano: (Dirigiéndose a mí, sonreído.) Hay que comer, ¿verdad? Hay que comer. El que no come se muere, dicen las muchachas (Señala hacia un lugar indeterminado en la última frase.).

    El muchacho regresa y se detiene al lado del anciano, mientras abre un cartón de jugo. Al lograrlo, introduce un pitillo por la abertura y amorosamente le pone en la mano el jugo, y no suelta el envase hasta asegurarse de que el hombre lo tiene tomado con firmeza. Solo entonces se da media vuelta y se retira a otra mesa, donde un amigo, también muy joven, lo espera comiendo.

    Anciano: (Que me sigue hablando con alegría, sin mirar al muchacho.) Hay que comer, ¿no es verdad? El que no come se muere, como dicen las muchachas (Señala nuevamente hacia aquel lugar indeterminado.).

    Tagged: así somos bondad

    Posted on April 29, 2012 with 6 notes

  • Políglota

    En la mañana, en un mercadito de frutas y verduras. Dos mujeres entran en el oscuro espacio improvisado como cuarto-cava para resguardar la mercancía del calor de la ciudad. La mayor —la madre de la otra, a juzgar por el parecido— es ancha y lleva cubierto todo su cabello por un velo de gasa gris delicadamente bordado con filigranas. Su blusa es amplia y oscura, y la cubre hasta las rodillas, por donde asoma un pantalón de tela suave. Su hija, delgada y cercana a la treintena, va vestida con unos pescadores y una ajustada franela, y sus enormes ojos glaucos están enmarcados por una cabellera oscura que se desparrama sobre sus hombros. Uno de los trabajadores del lugar, un joven flaco con bigote de charro, acomoda las lechugas mientras observa sin disimulo a la hija, quien trata de escoger algunas ramas de un perejil más bien desmayado al tiempo que conversa con su madre en una lengua llena de sonidos ásperos, velares, en la cual apenas se distinguen las palabras De Candido. Al cabo de un rato de evidente discusión, madre e hija salen del cuarto, seguidas por la mirada del joven, que hace ya varios segundos ha detenido su labor.

    Joven: (De nuevo ocupado con las lechugas y negando con la cabeza, resignado.) Bueno, si se quieren ir pa De Candido, que se vayan pa De Candido, ya eso no está en uno, pero quizás y está todo más caro allá, ¿no es verdad?

    Tagged: pendejaditas así somos

    Posted on December 2, 2011 with 5 notes

  • Que cante mi gente

    Cerca del mediodía, en un semáforo de la avenida Fuerzas Armadas. El sol reverbera, el tráfico es pesado, los abusadores andan sueltos y para no dejarme ganar por la desesperación voy en mi carro cantando a todo pulmón Sin tu cariño con Rubén Blades. Sin tener conciencia de ser observada mientras la luz roja me detiene, uso el volante como bongó y hasta bailo sentada, ambas cosas con más entusiasmo que destreza. De pronto, al mirar a la izquierda, descubro que los dos hombres en el carro parado a mi lado me miran muertos de la risa. Van en un viejo Century desvencijado y llevan las ventanas abiertas. Mis vecinos circunstanciales, que deben andar por la cincuentena y lucen afables, me hacen señas de que abra un poco la ventana para decirme algo. Dudo un momento, pero termino accediendo. Pongo mudo el reproductor de CD, bajo un poco el vidrio y veo que el copiloto se da golpecitos con el índice en la oreja derecha mientras arruga la cara, para indicarme que quiere oír lo que yo venía escuchando. Subo el volumen de nuevo. Al cabo de unos segundos tanto el copiloto como el piloto —que para verme se ha recostado sobre el volante, abrazándolo— menean la cabeza rítmicamente en señal de que ya saben cuál es la pieza. El copiloto luego me señala con los dos índices, como quien clava banderillas, el reproductor de su carro. Hago silencio y de allí me llegan claramente las notas de Mi gente. Ahora asiento yo, aliviada por reconocer la canción, y ellos bajan el volumen.

    Copiloto: (Haciendo con su mano derecha media bocina sobre su boca.) ¡No te llevamos nada! ¡Héctor Lavoe! (El semáforo se pone en verde y ellos arrancan primero. Veo las manos de los dos hombres diciéndome adiós antes de volver a posarse sobre el techo del Century.)

    Tagged: así somos espontáneos pendejaditas

    Posted on October 23, 2010 with 8 notes

  • Cédula

    En la cola para pagar en la panadería. Los clientes estamos en silencio hasta que se dispara una alarma. De inmediato, la fila se descompone y todos miramos, inquietos y pescueceando, a través del ventanal que separa la panadería del estacionamiento. Al corroborar que no se trata de ninguno de los carros de los presentes, se forma una conversación colectiva en la que cada quien aporta el breve relato del último atraco o robo del que tuvo noticia. Cuando el coloquio languidece, luego de un par de minutos, un hombre setentón que ha permanecido callado y viste una guayabera interviene con inconfundible acento italiano.

    Italiano: (Meneando la cabeza mientras pone su bolsa de pan sobre la cinta móvil de la caja registradora.) Ay, Maracaibo, qué desastre… Lo maracucho somo pura pérdida. Este paí se lo ievó quien lo trao.

    Tagged: así estamos así somos así hablamos

    Posted on June 24, 2010 with 4 notes

  • Ayudando al Botox©

    Avenida Delicias, frente a Zoom, a media mañana. Me acabo de abrochar el cinturón de seguridad y comienzo a retroceder lentamente cuando de la nada aparece un camión de reparto que se estaciona justo detrás de mi carro. En su costado se lee en letras medianas “Prensa”. Freno bruscamente mientras de la cabina brinca el conductor, un hombre de unos treinta años (lentes oscuros, franela negra con letras fosforescentes que no alcanzo a leer, gorra con la visera hacia la nuca). No cambia de idea pese a mi cornetazo, pero en su carrera hacia el local se detiene un momento al lado de mi ventana, que ya he comenzado a bajar para reclamarle su desconsideración.

    Abusador: (Dándole unos golpecitos al capó de mi carro, pero mirándome, mientras desacelera por un segundo su trote.) Mi reina bella, esperate un momentico…

    Yo: (Indignada.) ¡Pero, bueno, chico, qué abuso! ¿Tú no ves que…

    Abusador: (Alejándose, pero hablándome a gritos.) No te pongas brava, mi amor, que te arrugas. Es un segundito… un segundito…

    El hombre tarda unos dos minutos en salir, durante los cuales yo he vuelto a estacionar y me he bajado del carro, dispuesta a buscarlo dentro del local.

    Abusador: (Aparece igual de apurado, con su trotecito, y viene en mi dirección agitando un papel en su mano.) ¿Viste, mi reina, que era nada más un segundito? No te arrechéis, mi bella. ¡Hay que ayudarse, hay que ayudarse!

    Yo: (Gritando al mismo tiempo que él me habla.) ¡Qué molleja de abuso, chico…! ¡Es que tú…! (Dejo de gritar cuando veo que ya está encendiendo su camión y arrancando. En esos segundos entiendo lo que me acaba de decir. Cuando proceso sus palabras, lo oigo tocar la corneta y lo veo sacando la mano por la ventana, saludándome.)

    Tagged: así somos solidaridad convivencia

    Posted on June 10, 2010 with 6 notes

  • Por su show…

    Domingo, ocho de la mañana en el supermercado. Un hombre de unos sesenta años largos, melena plateada, poblados bigotes canosos, franela a rayas, pantalón blanco, mocasines de tela color crema y gruesos lentes de sol puestos a modo de cintillo, se acerca al mostrador de la charcutería caminando a ritmo de paseo, con las manos enlazadas en su espalda.

    Tenor: (Cantando con buena voz y a elevado volumen en el pasillo semidesierto.) Quiero que vivas solo para mí / y que tú vayas por donde yo voy / para que tu alma sea nomás de mí / bésame con frenesí…

    Yo: (Sonreída.) Amaneció contento, ¿no?

    Tenor: ¿Y para qué amargarse? Mejor contento que triste. (Prosigue sonreído su paseo, pero no continúa cantando. A los pocos segundos, uno de los muchachos que atienden tras el mostrador comienza a cantar un reggaetón mientras rebana algún embutido.)

    Muchacho: Tú me dejaste caer / pero ella me levantó. / Llámala poca mujer / pero ella me levantó.

    Tenor: (Dirigiéndose al muchacho.) ¡No, no, no! ¿No te sabes otra?

    (En ese preciso momento, sin que al muchacho le dé tiempo de contestar, una señora que acaba de ser atendida por otro dependiente en la charcutería se despide.)

    Señora: (Con una voz que se escucha claramente por el relativo silencio del lugar) Gracias, señor.

    Tenor: (Tomando la intervención de la señora como primera estrofa de una canción que a todas luces está inventando en el momento y que frasea como un bolero.) …por haberte conocido / en estos días tan malos / de música de reggaetón…

    Tagged: pendejaditas espontáneos cantares así somos

    Posted on May 16, 2010 with 7 notes

  • Cuestión de vigilancia

    Cerca de mediodía en el semáforo del Maczul. Dentro del taxi hace mucho calor. El pequeño carro chino carece de aire acondicionado y, en vez de vidrio, en una de las ventanas traseras exhibe una bolsa de plástico negra sostenida con abundante cinta plástica. El chofer lleva un pañuelo que cuando no está apretado contra el volante está secando la cara y cuello del hombre.

    Yo: (Sorprendida al ver que el semáforo funciona.) ¡Ah, pero está funcionando! Cuando pasé por aquí en la mañana estaba malo, pero ayer pasé cuatro veces y dos veces funcionaba y dos veces no…

    Chofer: (Sentencioso.) Él viene y va.

    Yo: ¿Cómo es eso?

    Chofer: Bueno, los policías ya saben. Con una piedra le dan al tubo ese que está ahí, ve (señala el poste que sostiene uno de los semáforos), y se empareja por un ratico. Pero a lo que se voltean se vuelve a dañar. Ahorita seguro se daña porque no veo ningún policía por aquí.

    Tagged: así somos normalidad instituciones eso es así

    Posted on May 6, 2010 with 4 notes

  • Plusvalía

    En la cola para pagar en Enne. Un matrimonio de sesentones está delante de mí, ya registrando su compra. Él lleva una camisa de cuadritos y pantalones que lucen grandes para sus caderas y su trasero, pero que se ajustan bien a su cintura. Ella va muy maquillada y lleva un bolso de tiros cortos que cuelga de su antebrazo izquierdo. Se nota que llevan toda una vida juntos por la forma silenciosa, acompasada y con idénticos criterios con que van sacando por turno riguroso los artículos del carrito y los van poniendo en un orden secreto encima de la cinta rodante de la caja registradora.

    Ella: (Estirando un poco el cuello para tratar de ver lo que indica la caja registradora.) ¿Cuánto va?

    Cajera: Trescientos veinticinco…

    Ella: (Mirando de reojo al marido y repitiendo en voz alta.) Trescientos veinticinco…

    Pasan un rato en silencio, ambos ocupados en dirigir al empacador por señas y leves gruñidos (de él) acerca de en cuál bolsa debe ir cada producto.

    Ella: (Repitiendo la operación anterior.) ¿Cuánto va?

    Cajera: Ochocientos treinta.

    Ella: (Como si no se lo dijera a nadie en particular.) ¡Qué cosa, no? ¡Ochocientos treinta ya!

    Él: (Siempre atento al tráfico de los productos que integran su compra.) Ujum…

    Nuevo silencio laborioso hasta que la cajera termina de registrar la compra.

    Ella: (Preguntando en un tono que revela su intención de incordiar, como si estuviera continuando una vieja discusión.) ¿Cuánto hizo por fin?

    Cajera: Mil doscientos cuarenta y dos con setenta.

    Ella: (Hace ademán de abrir su bolso, mientras el marido mete la mano derecha en uno de los bolsillos delanteros del pantalón y extrae de allí un grueso fajo de billetes apresados con una liga.) ¿Necesitas? ¿Te presto?

    Él: (Sin mirarla.) No. (Cuenta los billetes mientras los pone en la mano de la cajera. Cuando se le acaban, rebusca en su otro bolsillo, de donde aflora otro fajo más flaco.)

    Ella: (Con sorna.) ¿Estás seguro de que no necesitas? ¿No quieres que te preste? Ve que aquí tengo…

    Él: (A la cajera, al terminar de contar.) ¿Está completo?

    Cajera: (Afirmando.) Completo.

    Ella: (Con una media sonrisa, a la cajera.) ¿Tú sabes por qué él no quiere que le preste? Porque le cobro veinte por ciento.

    Cajera: (Riéndose.) Así yo tampoco quiero…

    Ella: ¡Claro que se lo cobro! Vein-te-por-cien-to. Para que se deje de andar creyendo en cuentos y de hablar tanta pistolada. ¡Mil doscientos bolívares una compra!

    Él: (Que finge no estar escuchando nada.) Ya pagué.

    Ella: (Que sigue hablándole a la cajera y obviando al marido.) Yo no, mijita, yo soy ca-pi-ta-lis-ta. (Mirando ahora al marido, con cierta guasa.) ¡Capitalista salvaje!

    Él: (Bajito y con media sonrisa.) Salvaje sí es…

    Tagged: pendejaditas convivencia economía informal así somos

    Posted on March 6, 2010 with 5 notes

  • Facilidades

    Domingo en la mañana. En la caja de la panadería. Un hombre de unos cincuenta años, la cajera (a finales de sus treinta) y el empacador.

    Cajera: (Al reconocer al hombre, saluda con una media sonrisa.) ¡Qué fue, peluche!

    Hombre: ¡Qué fue, peluche!

    Cajera: (Mientras va marcando el pan, los chocolates, las cocosettes…) ¿Qué fue, y cuándo te vais?

    Hombre: Yo creo que ya será como el viernes. Van a quedar como un mes solitos… para que me espeluchen, pues. (Se ríe de su chiste.)

    Cajera: Mirá, peluche, necesito una licuadora. ¿Cómo a cuánto estará?

    Hombre: ¡Bestia, no sé, peluche! Dejame ver, porque eso ahora… (Con las palmas en direcciones opuestas, los dedos muy extendidos y haciendo contacto tan solo en la punta de los pulgares, hace una especie de despliegue vertical que quiere indicar aumento de precios.)

    Cajera: Ajá, ¿y para cuándo me la traéis?

    Hombre: El lu… Vamos mejor a decite que para el martes, pa no quedate mal. Sí, mejor el martes, que le tengo que traer una bicicleta a la nueva de allí (Señala con la boca hacia el mostrador del pan.). ¿Ella es fija, no?

    Cajera: Sí, ella es fija, pero ¡mi alma! ella es más vieja que nada… La que no es fija es la otra, la flaquita.

    Hombre: ¿La flaquita? Dejame ponele ya tres cruces. (Termina de pagar y se va hacia la “nueva”, a decirle algo.)

    Empacador: (Dirigiéndose a la cajera.) Mirá, ¿y él qué hace aquí?

    Cajera: Nada… él vende electrodomésticos. Nosotras le encargamos, él nos los trae y le pagamos semanalmente. Nos da esa facilidad, pues.

    Empacador: ¿Y qué te va a traer? ¿Una Oster?

    Cajera: Ah, yo no sé.

    Empacador: ¿Y a cómo la vende?

    Cajera: No sé, eso se ve después.

    Empacador: (Sin pizca de ironía.) Ah, está chévere.

    Tagged: así hablamos así somos solidaridad

    Posted on January 10, 2010 with 3 notes

  • Velando

    En una panadería. El vigilante, ubicado puertas adentro, aprovecha un momento de poca afluencia de la clientela para sentarse en un escritorio desvencijado al lado de la entrada. Toma uno de los periódicos en venta y lee en voz alta, a ratos silábicamente, y engolando la voz como un locutor.

    Vigilante: “Rafa-el Caldera fue un de-mó-cra-ta a carta cabal”. (Breve pausa, tras la cual chasquea la lengua en señal de rechazo.) ¡Cómo nie! (Nueva pausa en la que ni las dos cajeras ni yo comentamos nada.) Chico, ¿y qué querrá decir “a carta cabal”?

    Tagged: pendejaditas así somos

    Posted on December 27, 2009 with 1 note

  • Sin numeritos

    En una óptica. Un puñado de clientes aguarda su turno frente al mostrador sin orden ni concierto. Llega un hombre cuarentón con su madre. Habla muy alto y acapara la atención de todos nada más entrar.

    Hombre: Buenos días, días buenos. Ajá, ¿y cómo nos organizamos aquí? ¿No hay numeritos?

    Dependienta: No, es por orden de llegada.

    Yo: (Indicando con la mano.) Están atendiendo a esta señora, luego vengo yo, después viene el señor…

    Señora 1:…luego vengo yo y luego usted.

    Hombre: ¡Alabado sea el Señor! Menos mal que no hay numeritos, porque eso es inhumano; es mejor así, conversando, diciendo quién llegó antes y quién viene después… Y si hace falta, que pase el que más lo necesite…

    Cliente: Bueno, pero con los numeritos todo es más ordenado, ¿no? Se hacen menos trampas.

    Señora 2: Es verdad, porque… ¿cómo le digo?, todo el mundo sabe que antes del dos viene el uno, ¿sí me entiende? Así se sabe en qué andamos…

    Hombre: Bueno, todos andamos en dos patas, y el que es mocho eso es problema suyo. (Breve silencio.) ¿Entonces somos los últimos?

    Tagged: así somos atención al cliente

    Posted on December 11, 2009

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