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Anonimato
En una parada de la carretera Falcón-Zulia. En el local, amplio, dispuesto para atender grupos grandes y efímeros de clientes, hay poca gente a media mañana. En los mostradores, algunos choferes y pasajeros ordenan su desayuno, mientras otros se acodan en unas mesas de granito, redondas y muy altas, diseñadas para comer de pie, como en una barra. Entre las mesas, vaga sin mirar a nadie un anciano encogido, diminuto, encorvado. Los hombros de la camisa le llegan a los codos, usa una gorra oscura, sin logo, y camina arrastrando las chancletas de plástico que se asoman bajo las perneras de unos pantalones doblados de cualquier modo para no pisarlos. Su cabello es apenas una pelusa blanca y su barba es larga, como sus gruesas uñas resecas. Un muchacho de vestimenta modesta se acerca a la mesa en la que me apoyo mientras termino un sándwich seco como un tirro. Trae un plato de cartón con dos empanadas. Justo cuando el anciano pasa a su lado, le toca el hombro con gentileza y le llama la atención.
Muchacho: (Poniendo el plato en la mesa y atrayendo con su mano al anciano.) Venga por aquí, que aquí tiene un desayunito.
Los ojos acuosos del anciano adquieren de inmediato vivacidad, se acerca a la mesa sin dudar y sin mirar al muchacho, y en un gesto infantil sonríe con su boca desdentada, alegre. Su cara está apenas un poco más alta que la mesa.
Anciano: (Dirigiéndose a mí, sonreído.) Hay que comer, ¿verdad? Hay que comer. El que no come se muere, dicen las muchachas (Señala hacia un lugar indeterminado en la última frase.).
El muchacho regresa y se detiene al lado del anciano, mientras abre un cartón de jugo. Al lograrlo, introduce un pitillo por la abertura y amorosamente le pone en la mano el jugo, y no suelta el envase hasta asegurarse de que el hombre lo tiene tomado con firmeza. Solo entonces se da media vuelta y se retira a otra mesa, donde un amigo, también muy joven, lo espera comiendo.
Anciano: (Que me sigue hablando con alegría, sin mirar al muchacho.) Hay que comer, ¿no es verdad? El que no come se muere, como dicen las muchachas (Señala nuevamente hacia aquel lugar indeterminado.).
Posted on April 29, 2012 with 6 notes
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Políglota
En la mañana, en un mercadito de frutas y verduras. Dos mujeres entran en el oscuro espacio improvisado como cuarto-cava para resguardar la mercancía del calor de la ciudad. La mayor —la madre de la otra, a juzgar por el parecido— es ancha y lleva cubierto todo su cabello por un velo de gasa gris delicadamente bordado con filigranas. Su blusa es amplia y oscura, y la cubre hasta las rodillas, por donde asoma un pantalón de tela suave. Su hija, delgada y cercana a la treintena, va vestida con unos pescadores y una ajustada franela, y sus enormes ojos glaucos están enmarcados por una cabellera oscura que se desparrama sobre sus hombros. Uno de los trabajadores del lugar, un joven flaco con bigote de charro, acomoda las lechugas mientras observa sin disimulo a la hija, quien trata de escoger algunas ramas de un perejil más bien desmayado al tiempo que conversa con su madre en una lengua llena de sonidos ásperos, velares, en la cual apenas se distinguen las palabras De Candido. Al cabo de un rato de evidente discusión, madre e hija salen del cuarto, seguidas por la mirada del joven, que hace ya varios segundos ha detenido su labor.
Joven: (De nuevo ocupado con las lechugas y negando con la cabeza, resignado.) Bueno, si se quieren ir pa De Candido, que se vayan pa De Candido, ya eso no está en uno, pero quizás y está todo más caro allá, ¿no es verdad?
Posted on December 2, 2011 with 5 notes
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Que cante mi gente
Cerca del mediodía, en un semáforo de la avenida Fuerzas Armadas. El sol reverbera, el tráfico es pesado, los abusadores andan sueltos y para no dejarme ganar por la desesperación voy en mi carro cantando a todo pulmón Sin tu cariño con Rubén Blades. Sin tener conciencia de ser observada mientras la luz roja me detiene, uso el volante como bongó y hasta bailo sentada, ambas cosas con más entusiasmo que destreza. De pronto, al mirar a la izquierda, descubro que los dos hombres en el carro parado a mi lado me miran muertos de la risa. Van en un viejo Century desvencijado y llevan las ventanas abiertas. Mis vecinos circunstanciales, que deben andar por la cincuentena y lucen afables, me hacen señas de que abra un poco la ventana para decirme algo. Dudo un momento, pero termino accediendo. Pongo mudo el reproductor de CD, bajo un poco el vidrio y veo que el copiloto se da golpecitos con el índice en la oreja derecha mientras arruga la cara, para indicarme que quiere oír lo que yo venía escuchando. Subo el volumen de nuevo. Al cabo de unos segundos tanto el copiloto como el piloto —que para verme se ha recostado sobre el volante, abrazándolo— menean la cabeza rítmicamente en señal de que ya saben cuál es la pieza. El copiloto luego me señala con los dos índices, como quien clava banderillas, el reproductor de su carro. Hago silencio y de allí me llegan claramente las notas de Mi gente. Ahora asiento yo, aliviada por reconocer la canción, y ellos bajan el volumen.
Copiloto: (Haciendo con su mano derecha media bocina sobre su boca.) ¡No te llevamos nada! ¡Héctor Lavoe! (El semáforo se pone en verde y ellos arrancan primero. Veo las manos de los dos hombres diciéndome adiós antes de volver a posarse sobre el techo del Century.)
Posted on October 23, 2010 with 8 notes
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Cédula
En la cola para pagar en la panadería. Los clientes estamos en silencio hasta que se dispara una alarma. De inmediato, la fila se descompone y todos miramos, inquietos y pescueceando, a través del ventanal que separa la panadería del estacionamiento. Al corroborar que no se trata de ninguno de los carros de los presentes, se forma una conversación colectiva en la que cada quien aporta el breve relato del último atraco o robo del que tuvo noticia. Cuando el coloquio languidece, luego de un par de minutos, un hombre setentón que ha permanecido callado y viste una guayabera interviene con inconfundible acento italiano.
Italiano: (Meneando la cabeza mientras pone su bolsa de pan sobre la cinta móvil de la caja registradora.) Ay, Maracaibo, qué desastre… Lo maracucho somo pura pérdida. Este paí se lo ievó quien lo trao.
Posted on June 24, 2010 with 4 notes
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Ayudando al Botox©
Avenida Delicias, frente a Zoom, a media mañana. Me acabo de abrochar el cinturón de seguridad y comienzo a retroceder lentamente cuando de la nada aparece un camión de reparto que se estaciona justo detrás de mi carro. En su costado se lee en letras medianas “Prensa”. Freno bruscamente mientras de la cabina brinca el conductor, un hombre de unos treinta años (lentes oscuros, franela negra con letras fosforescentes que no alcanzo a leer, gorra con la visera hacia la nuca). No cambia de idea pese a mi cornetazo, pero en su carrera hacia el local se detiene un momento al lado de mi ventana, que ya he comenzado a bajar para reclamarle su desconsideración.
Abusador: (Dándole unos golpecitos al capó de mi carro, pero mirándome, mientras desacelera por un segundo su trote.) Mi reina bella, esperate un momentico…
Yo: (Indignada.) ¡Pero, bueno, chico, qué abuso! ¿Tú no ves que…
Abusador: (Alejándose, pero hablándome a gritos.) No te pongas brava, mi amor, que te arrugas. Es un segundito… un segundito…
El hombre tarda unos dos minutos en salir, durante los cuales yo he vuelto a estacionar y me he bajado del carro, dispuesta a buscarlo dentro del local.
Abusador: (Aparece igual de apurado, con su trotecito, y viene en mi dirección agitando un papel en su mano.) ¿Viste, mi reina, que era nada más un segundito? No te arrechéis, mi bella. ¡Hay que ayudarse, hay que ayudarse!
Yo: (Gritando al mismo tiempo que él me habla.) ¡Qué molleja de abuso, chico…! ¡Es que tú…! (Dejo de gritar cuando veo que ya está encendiendo su camión y arrancando. En esos segundos entiendo lo que me acaba de decir. Cuando proceso sus palabras, lo oigo tocar la corneta y lo veo sacando la mano por la ventana, saludándome.)
Posted on June 10, 2010 with 6 notes
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Por su show…
Domingo, ocho de la mañana en el supermercado. Un hombre de unos sesenta años largos, melena plateada, poblados bigotes canosos, franela a rayas, pantalón blanco, mocasines de tela color crema y gruesos lentes de sol puestos a modo de cintillo, se acerca al mostrador de la charcutería caminando a ritmo de paseo, con las manos enlazadas en su espalda.
Tenor: (Cantando con buena voz y a elevado volumen en el pasillo semidesierto.) Quiero que vivas solo para mí / y que tú vayas por donde yo voy / para que tu alma sea nomás de mí / bésame con frenesí…
Yo: (Sonreída.) Amaneció contento, ¿no?
Tenor: ¿Y para qué amargarse? Mejor contento que triste. (Prosigue sonreído su paseo, pero no continúa cantando. A los pocos segundos, uno de los muchachos que atienden tras el mostrador comienza a cantar un reggaetón mientras rebana algún embutido.)
Muchacho: Tú me dejaste caer / pero ella me levantó. / Llámala poca mujer / pero ella me levantó.
Tenor: (Dirigiéndose al muchacho.) ¡No, no, no! ¿No te sabes otra?
(En ese preciso momento, sin que al muchacho le dé tiempo de contestar, una señora que acaba de ser atendida por otro dependiente en la charcutería se despide.)
Señora: (Con una voz que se escucha claramente por el relativo silencio del lugar) Gracias, señor.
Tenor: (Tomando la intervención de la señora como primera estrofa de una canción que a todas luces está inventando en el momento y que frasea como un bolero.) …por haberte conocido / en estos días tan malos / de música de reggaetón…
Posted on May 16, 2010 with 7 notes
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Cuestión de vigilancia
Cerca de mediodía en el semáforo del Maczul. Dentro del taxi hace mucho calor. El pequeño carro chino carece de aire acondicionado y, en vez de vidrio, en una de las ventanas traseras exhibe una bolsa de plástico negra sostenida con abundante cinta plástica. El chofer lleva un pañuelo que cuando no está apretado contra el volante está secando la cara y cuello del hombre.
Yo: (Sorprendida al ver que el semáforo funciona.) ¡Ah, pero está funcionando! Cuando pasé por aquí en la mañana estaba malo, pero ayer pasé cuatro veces y dos veces funcionaba y dos veces no…
Chofer: (Sentencioso.) Él viene y va.
Yo: ¿Cómo es eso?
Chofer: Bueno, los policías ya saben. Con una piedra le dan al tubo ese que está ahí, ve (señala el poste que sostiene uno de los semáforos), y se empareja por un ratico. Pero a lo que se voltean se vuelve a dañar. Ahorita seguro se daña porque no veo ningún policía por aquí.
Posted on May 6, 2010 with 4 notes
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Plusvalía
En la cola para pagar en Enne. Un matrimonio de sesentones está delante de mí, ya registrando su compra. Él lleva una camisa de cuadritos y pantalones que lucen grandes para sus caderas y su trasero, pero que se ajustan bien a su cintura. Ella va muy maquillada y lleva un bolso de tiros cortos que cuelga de su antebrazo izquierdo. Se nota que llevan toda una vida juntos por la forma silenciosa, acompasada y con idénticos criterios con que van sacando por turno riguroso los artículos del carrito y los van poniendo en un orden secreto encima de la cinta rodante de la caja registradora.
Ella: (Estirando un poco el cuello para tratar de ver lo que indica la caja registradora.) ¿Cuánto va?
Cajera: Trescientos veinticinco…
Ella: (Mirando de reojo al marido y repitiendo en voz alta.) Trescientos veinticinco…
Pasan un rato en silencio, ambos ocupados en dirigir al empacador por señas y leves gruñidos (de él) acerca de en cuál bolsa debe ir cada producto.
Ella: (Repitiendo la operación anterior.) ¿Cuánto va?
Cajera: Ochocientos treinta.
Ella: (Como si no se lo dijera a nadie en particular.) ¡Qué cosa, no? ¡Ochocientos treinta ya!
Él: (Siempre atento al tráfico de los productos que integran su compra.) Ujum…
Nuevo silencio laborioso hasta que la cajera termina de registrar la compra.
Ella: (Preguntando en un tono que revela su intención de incordiar, como si estuviera continuando una vieja discusión.) ¿Cuánto hizo por fin?
Cajera: Mil doscientos cuarenta y dos con setenta.
Ella: (Hace ademán de abrir su bolso, mientras el marido mete la mano derecha en uno de los bolsillos delanteros del pantalón y extrae de allí un grueso fajo de billetes apresados con una liga.) ¿Necesitas? ¿Te presto?
Él: (Sin mirarla.) No. (Cuenta los billetes mientras los pone en la mano de la cajera. Cuando se le acaban, rebusca en su otro bolsillo, de donde aflora otro fajo más flaco.)
Ella: (Con sorna.) ¿Estás seguro de que no necesitas? ¿No quieres que te preste? Ve que aquí tengo…
Él: (A la cajera, al terminar de contar.) ¿Está completo?
Cajera: (Afirmando.) Completo.
Ella: (Con una media sonrisa, a la cajera.) ¿Tú sabes por qué él no quiere que le preste? Porque le cobro veinte por ciento.
Cajera: (Riéndose.) Así yo tampoco quiero…
Ella: ¡Claro que se lo cobro! Vein-te-por-cien-to. Para que se deje de andar creyendo en cuentos y de hablar tanta pistolada. ¡Mil doscientos bolívares una compra!
Él: (Que finge no estar escuchando nada.) Ya pagué.
Ella: (Que sigue hablándole a la cajera y obviando al marido.) Yo no, mijita, yo soy ca-pi-ta-lis-ta. (Mirando ahora al marido, con cierta guasa.) ¡Capitalista salvaje!
Él: (Bajito y con media sonrisa.) Salvaje sí es…
Posted on March 6, 2010
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Facilidades
Domingo en la mañana. En la caja de la panadería. Un hombre de unos cincuenta años, la cajera (a finales de sus treinta) y el empacador.
Cajera: (Al reconocer al hombre, saluda con una media sonrisa.) ¡Qué fue, peluche!
Hombre: ¡Qué fue, peluche!
Cajera: (Mientras va marcando el pan, los chocolates, las cocosettes…) ¿Qué fue, y cuándo te vais?
Hombre: Yo creo que ya será como el viernes. Van a quedar como un mes solitos… para que me espeluchen, pues. (Se ríe de su chiste.)
Cajera: Mirá, peluche, necesito una licuadora. ¿Cómo a cuánto estará?
Hombre: ¡Bestia, no sé, peluche! Dejame ver, porque eso ahora… (Con las palmas en direcciones opuestas, los dedos muy extendidos y haciendo contacto tan solo en la punta de los pulgares, hace una especie de despliegue vertical que quiere indicar aumento de precios.)
Cajera: Ajá, ¿y para cuándo me la traéis?
Hombre: El lu… Vamos mejor a decite que para el martes, pa no quedate mal. Sí, mejor el martes, que le tengo que traer una bicicleta a la nueva de allí (Señala con la boca hacia el mostrador del pan.). ¿Ella es fija, no?
Cajera: Sí, ella es fija, pero ¡mi alma! ella es más vieja que nada… La que no es fija es la otra, la flaquita.
Hombre: ¿La flaquita? Dejame ponele ya tres cruces. (Termina de pagar y se va hacia la “nueva”, a decirle algo.)
Empacador: (Dirigiéndose a la cajera.) Mirá, ¿y él qué hace aquí?
Cajera: Nada… él vende electrodomésticos. Nosotras le encargamos, él nos los trae y le pagamos semanalmente. Nos da esa facilidad, pues.
Empacador: ¿Y qué te va a traer? ¿Una Oster?
Cajera: Ah, yo no sé.
Empacador: ¿Y a cómo la vende?
Cajera: No sé, eso se ve después.
Empacador: (Sin pizca de ironía.) Ah, está chévere.
Posted on January 10, 2010
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Velando
En una panadería. El vigilante, ubicado puertas adentro, aprovecha un momento de poca afluencia de la clientela para sentarse en un escritorio desvencijado al lado de la entrada. Toma uno de los periódicos en venta y lee en voz alta, a ratos silábicamente, y engolando la voz como un locutor.
Vigilante: “Rafa-el Caldera fue un de-mó-cra-ta a carta cabal”. (Breve pausa, tras la cual chasquea la lengua en señal de rechazo.) ¡Cómo nie! (Nueva pausa en la que ni las dos cajeras ni yo comentamos nada.) Chico, ¿y qué querrá decir “a carta cabal”?
Posted on December 27, 2009 with 1 note
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Sin numeritos
En una óptica. Un puñado de clientes aguarda su turno frente al mostrador sin orden ni concierto. Llega un hombre cuarentón con su madre. Habla muy alto y acapara la atención de todos nada más entrar.
Hombre: Buenos días, días buenos. Ajá, ¿y cómo nos organizamos aquí? ¿No hay numeritos?
Dependienta: No, es por orden de llegada.
Yo: (Indicando con la mano.) Están atendiendo a esta señora, luego vengo yo, después viene el señor…
Señora 1:…luego vengo yo y luego usted.
Hombre: ¡Alabado sea el Señor! Menos mal que no hay numeritos, porque eso es inhumano; es mejor así, conversando, diciendo quién llegó antes y quién viene después… Y si hace falta, que pase el que más lo necesite…
Cliente: Bueno, pero con los numeritos todo es más ordenado, ¿no? Se hacen menos trampas.
Señora 2: Es verdad, porque… ¿cómo le digo?, todo el mundo sabe que antes del dos viene el uno, ¿sí me entiende? Así se sabe en qué andamos…
Hombre: Bueno, todos andamos en dos patas, y el que es mocho eso es problema suyo. (Breve silencio.) ¿Entonces somos los últimos?
Posted on December 11, 2009