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Parroquianos
Lunes en la mañana. Un hombre cincuentón, achaparrado y con bigotes canos está parado en puntillas frente al mostrador de charcutería en el supermercado. Del otro lado, el entarimado de madera sobre el que caminan los empleados subraya la altura del dependiente enjuto, vestido con uniforme verde y gorro tipo barco que lo atiende. El cliente ya va por su tercer pedido,
Cliente: (Estirando el cuello para supervisar al charcutero en la rebanadora.) El jamón me lo cortáis más grueso que el queso amarillo. Pa ver… (El charcutero, sin mediar palabra ni mover un músculo de su cara, se voltea con parsimonia y le muestra una rebanada de jamón recién cortada.) Así está bien… Nononono, ya va, pa ver, pa ver… (El charcutero, hierático, repite la operación.) Sí, no, así está bien, así está bien… Ve que falta el kilo de palmita. (Sigue hablando después de unos segundos de movimientos inquietos y mirar hacia la sección de panadería con insistencia.) Ve, vamos a hacer una vaina: yo voy a ir un momentico ahí a panadería, porque dejé encargado un pan, una cuestión, y ya debe estar por salir. Poné atención. (El charcutero se acerca, apoya sus dos manos en el mostrador, muy distantes entre sí, con los brazos completamente estirados, sin abrir la boca ni cambiar el gesto.) Ve, vais a dejarme los paquetes míos ahí, ¿no? O sea, primero terminas de cortar el jamón, lo empacas y tal, y luego me vais a dejar los paqueticos ahí hasta que vuelva. (El charcutero lo mira a los ojos en silencio, sin siquiera mover la cabeza en señal de aprobación.) Entonces ve lo que vais a hacer, vais a escribir en un papelito As-tol-fo. (Escribe en el aire el nombre, con letra cursiva y grandes trazos, a medida que silabea.)
Charcutero: (Después de una pausa dos segundos más larga que lo normal, con voz ronca y cara de póquer.) ¿Romero?
Cliente: (Después de un momentáneo desconcierto, pero aceptando la broma con igual circunspección que el charcutero.) Sí, poné mi nombre artístico.
Posted on November 28, 2012 with 4 notes
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Con los cauchos blandos
Media mañana en un pulilavado. En la sala donde los clientes esperan mientras lavan sus carros, un sesentón ataviado con bermudas y sandalias revisa con gesto cansino el periódico que alguien ha dejado en una de las mesitas del local. Lleva unos escapularios a modo de collar y mira con frecuencia a lo lejos a través del ventanal. No es un cliente. Acompaña a otro hombre mucho más joven, quien está atareado ordenando la exhibición de sus películas piratas. El hombre de las bermudas parece aletargado y ha permanecido silencioso hasta que entra el dueño de una camioneta inmensa, a quien obviamente conoce.
El de las bermudas: (Súbitamente animado.) Epa, campeón, ¿y vio la carrera del domingo en Hungría? Ese Webber ganó y los dejó locos.
El de la camioneta: (Al tiempo que recorre todo el local con la mirada, bucando a la cajera, sin fijar la vista en quien le habla.) ¿Pero esa no la ganó Alonso, pues?
El de las bermudas: No, esa fue la otra, esa fue la que Massa iba ganando y… y dejó que Alonso lo pasara. Entonces Massa dice que él no va a hacer más eso porque tal, porque cual, porque él no es segundo de nadie. Nojosa, ¿por qué no lo hizo de una vez?
El de la camioneta: (Un poco distraído, mientras saca la cartera para pagar.) Claro, claro.
El de las bermudas: No, pero vení acá, es que Sebastián Vettel ganaba galopando, ¿oíste? Pero entonces hubo un accidente y vino y salió el fiscal…el carro ese, el de los comisarios, que llaman…y le dijeron a Vettel que no inventara, que se metiera en los boxes. Entonces tomó Max Webber la punta en la vuelta veintidós y supuestamente le quedaban cinco vueltas por los cauchos. (Se levanta y pone su mano derecha ahuecada sobre la comisura del labio, como una bocina, y dice en voz considerablemente alta.) ¡Le dio hasta la cuarenta y cinco! ¡Hasta la cua-ren-tay-cin-co! (Ahora haciendo círculos en el aire con su veloz índice derecho.) Riquirriquirriquirriqui… y empezó a sacar ventaja. Le sacó ventaja a Alonso… entonces iba de tercero y se le puso segundo (Ya en medio de la sala, haciendo sonar sus dedos índice y corazón, cual fuetes, como los fanáticos de las carreras de caballos.) Y le empezó a sacar ventaja a Alonso, muchacho, con cauchos blandos… (Camina por la sala, gesticulando con todo el cuerpo.) Y llegó hasta la cuarenta y cinco de setenta vueltas con los cauchos así. Ajá, y se metió a los pits… (Chasqueando los dedos.) ¡Tra fua fua fua!… Le cambiaron los cauchos y salió disparado… (Roza sus dos plamas extendidas y horizontales, y deja un brazo extendido hacia el horizonte.) ¡Fuuuuuu!… ¡Y todavía les sacó una vuelta! Schumacher tuvo que apartarse para dejarlo pasar, ve qué molleja.
El de la camioneta: (Sosteniendo el ticket cancelado en la mano, pero mirando con interés a su interlocutor.) Qué bárbaro…
El de las bermudas: Sí, hombre. Estuvo buenísima. (Queda unos segundos parado en medio de la sala y luego regresa a su silla, mientras los demás presentes retoman lo que estaban haciendo). Buenísima.
El de la camioneta: (Después de unos segundos de silencio durante los cuales el único que se ha movido es el sesentón de las bermudas, que ha retomado el periódico y ha vuelto a su gesto cansino.) Como que ya está lista la camioneta. Bueno, pues… hasta la próxima. Qué bueno verlo así, campeón.
El de las bermudas: (Mirando a ninguna parte a través del ventanal, habla después de que el de la camioneta ha salido.) Yo no le tengo miedo a la muerte. Yo creo que más bien ella me tiene miedo a mí, porque ya me ha devuelto de allí varias veces.
Posted on August 13, 2010 with 5 notes
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Precario equilibrio
Cerca de mediodía. Cuatro obreros están revistiendo la cara norte de un edificio de viviendas. Divididos en parejas, se ubican en sendos andamios de madera a la altura del cuarto piso de apartamentos, que en realidad es el quinto, pues el edificio cuenta con mezzanina. Afortunadamente, están a la sombra. Los andamios lucen frágiles, se sostienen por un entramado de cuerdas que pasan por unas poleas en la azotea, y cuentan con una baranda de no más de diez centímetros de ancho. Los cuatro trabajadores visten de manera similar: gorras desteñidas, franelas un poco más grandes que sus tallas correctas, vaqueros deshilachados; todo cubierto por manchas arenosas, goterones de pintura y restos de cemento seco. En sus caderas, llevan una especie de cinturón al cual van amarradas unas cuerdas de seguridad cuyo otro extremo ellos atan y desatan de otras cabuyas tensas, según se van moviendo con agilidad y despreocupación por los andamios. Se comunican por medio de agudos chiflidos con los dos compañeros que están en tierra firme y que se encargan de subir con otras poleas, y por tracción a sangre, los tobos con materiales para el revestimiento. Aunque parecen guajiros, los cuatro suspendidos en el aire hablan entre sí en español. A ratos se pueden escuchar perfectamente sus conversaciones a cierta distancia. También pueden pasar largos periodos en absoluto silencio, concentrados en frisar, lanzar puñados de gravilla sobre el friso y pintar unas líneas blancas aquí y allá.
Obrero 1: (Se detiene al concluir una parte, después de un largo silencio en el que los cuatro han permanecido concentrados en el trabajo, y se queda observando a su compañero de andamio, quien lanza con energía y un estilo aparatoso la gravilla que servirá de recubrimiento a la parte recién frisada.) ¡Qué fue… Johan Santana!
Obrero 2: (Deja de lanzar la gravilla y mira a Obrero 1.) Ajá, ¿y?
Los obreros 3 y 4 interrumpen su labor brevemente en su andamio al oír a los otros. Como el Obrero 1 no contesta, todos vuelven a sus tareas. Durante más de un minuto solo se oye el deslizamiento áspero de las rasadoras sobre las paredes.
Obrero 1: (Volviendo a parar, contempla su trabajo durante varios segundos antes de comenzar a cantar un vallenato con voz fuerte, pero sin gritar ni quitar la vista de la pared.) Y qué será de mi vida sin ti / qué será si no puedo vivir / qué será de tu vida sin mí…
Se escucha la última estrofa del coro silbada por alguno de los otros tres, y luego se quedan de nuevo en silencio. Pasado un momento, el Obrero 1 deja la contemplación y retoma sus labores. Sus compañeros no se han detenido.
Posted on April 9, 2010 with 3 notes
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Música de ascensor
En el ascensor del IPPLUZ. Un hombre sesentón y relleno entra. Dos más, que ya están en la cabina, lo saludan.
Hombre 1: ¡Qué fue, solomo!, ¿cómo estáis?
Sesentón: Aquí, ¿no me veis?: sesenta.
Hombre 2: ¿Y eso qué es? ¿Tu cinturita?
Sesentón: Ya estoy viejo ya; ya pasé de los sesenta. (Breve silencio.) Estamos viejos, pero todavía vemos ir al hombre.
Posted on November 14, 2009 with 1 note
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…luego cabalgamos
En una sala de espera en la sede de “Tránsito”. Un hombre cercano a los sesenta años: franela de rayas, cholas. El hombre se mueve por el espacio como si estuviera en el patio de su casa. Se sienta, cruza las piernas y hace descansar su brazo izquierdo encima del respaldo del sofá.
Fiscal 1: (Viniendo del patio donde inspeccionan carros, a gritos.) ¡EEEEL…
Hombre: …PERROOO! (Completa la frase, también a gritos, evidenciando que se trata de un saludo acostumbrado.)
Fiscal 1: (Fingiendo preocupación.) ¡Perro, mijo, tenéis la muerte pintada en la frente! Ya vos no vais a dar pa mucho. Pagame lo que me debéis.
Hombre: Sí, porque vos estáis alentaíto, mirá.
Fiscal 1: ¿Y cuándo te jubilan?
Hombre: Dicen que pronto. Ya metí los papeles ya.
Fiscal 2: (Proveniente del mismo sitio que Fiscal 1.) Cuando el Perro está por aquí es porque se olfatea algo. (Le da la mano.)
Fiscal 3 (Entrando por el lado opuesto que sus colegas, a gritos.) Perro, hermano, pero usted es puro cascarón. Mejor se va pa su casa, no se nos muera aquí y haya que hacer una vaca pa enterralo.
Fiscal 4: (Entrando detrás del Fiscal 3.) Perro, ¿vos sois gestor o qué estáis haciendo aquí?
Hombre: (Dirigiéndose a Fiscal 4, que es mucho más joven.) Vai, chirimoyo, terminá de crecer y luego habláis.
Fiscal 3: Entonces, Perro… No es por nada, pero sí te veis mal…
Hombre: Ay, verga, pues…
Posted on November 6, 2009