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Fábula
Sábado al final de la tarde, en la antesala de un restaurante de comida china. Es un espacio oscuro y amplio, por el que se accede al comedor. Tiene una barra en donde se ordena la comida para llevar y unos sillones de semicuero granate apoyados contra la pared, como en una sala de espera. Dos hombres acaban de hacer su pedido. Vienen juntos. Uno le debe doblar la edad al otro. Se sientan dejando un sillón libre entre ellos. Ambos visten bermudas y franela, calzan sandalias y asumen idéntica posición: rodillas separadas, pies cruzados a la altura de los tobillos, brazos cruzados y apoyados sobre sus barrigas, cada mano asiendo el antebrazo opuesto. Su conversación deshace el silencio del local a esa hora, hasta entonces apenas importunado por el trajinar discontinuo que deja colar la puerta batiente de la cocina.
El mayor: (Después de recorrer con la vista el local durante unos segundos.) Mirá la vaina, ve. Uno de los dragones está como despeinado. (Le señala al otro dos dragones verdes, rojos y dorados hechos de yeso que enmarcan la puerta del comedor. La lengua de uno de ellos parece un cabello descolocado, ciertamente.)
El menor: (Después de mirar los dragones unos segundos, reflexivo.) Chico, yo siempre me he preguntado de dónde sacan los chinos eso.
El mayor: Ya vais a empezar. ¡Preguntale! (Sin esperar reacción de su acompañante, gira su cuerpo sin descruzar los brazos y encara la barra, donde un joven achinado está concentrado en hacer cuentas con una sumadora.) ¡Chino!… ¡Ey, chino! (Sin mayor extrañeza, el muchacho levanta la vista de la sumadora y aguarda por lo que tengan que decirle.) Ey, ¿dónde compran ustedes los dragones, las lamparitas, los apliques, las vainas…?
Empleado: (Antes de volver a sus cuentas y con inconfundible acento maracucho.) No sé, preguntale al dueño.
Posted on November 22, 2012 with 5 notes
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Emoticonos
En una tienda de electrodomésticos al final de la tarde. El empleado, sentado frente a una computadora, busca el precio de la secadora de ropa por la que estoy preguntando. Es un hombre en la segunda parte de sus treinta años y tiene el codo apoyado en el brazo de la silla y la mano en la cara, con el dedo índice como bigote.
Yo: (Sentada en otra silla frente a él, con el escritorio de por medio.) ¿Y es fácil de instalar?
Empleado: (Retirando la mano de la cara y poniendo gesto de sorpresa.) ¡Eso es un momentico! (Gira un poco la silla para buscar algo, pero se endereza de inmediato y con brusquedad al percatarse de un posible problema.) ¿Cómo es el enchufe de la casa?
Yo: No sé, es de 220… ¿Cómo que cómo es?
Empleado: ¿Es chino triste?
Yo: (Perpleja.) ¿Chino triste?
Empleado: (Dibujando en el aire con sus índices dos rayas oblicuas como un techo de dos aguas y repitiendo el dibujo con insistencia.) ¡Chino triste… chino triste!
Yo: (Comprendiendo la referencia, finalmente.) Ah… sí, es chino triste.
Empleado: Bueno, entonces eso no tiene ciencia, es un momentico.
Posted on March 14, 2012 with 14 notes