Escenas baratonas

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Escenas baratonas

Ejercicios para el martillo, el yunque y el estribo. Un cuaderno de notas de cosas oídas por ahí, principalmente en Maracaibo. Margarita Arribas

  • Bienvenidos

    Maiquetía, terminal internacional, una de la mañana. Los pasajeros de un vuelo procedente de Canadá bajan del avión. Un hombre mayor, encorvado y de pasos cortos se acerca a la puerta después de haber aguardado sentado a que esté casi vacía la cabina. Con un poco de angustia, se dirige a un hombre que está justo en la salida, saludando a los que van entrando en el pasillo que los llevará al edificio del aeropuerto.

    Hombre mayor: ¿Dos sillas de ruedas, por aquí, por favor?

    Saludador: (Con simpatía.) ¿Dos sillas de ruedas? Ah… Están por allá arriba (señala el rellano en el que desemboca el empinado pasillo, donde, efectivamente, hay dos sillas de ruedas rodeadas por tres hombres que conversan animadamente.)

    Hombre mayor: Es que las pedimos mi esposa y yo…

    Saludador: (De nuevo con gran simpatía.) ¿No pueden ir un momentico para allá? Están ahí mismito.

    El hombre mayor no dice nada. Unos minutos después, llega trabajosamente hasta el rellano del brazo de su esposa, ambos doblados sobre la cuesta, y alcanzan las sillas donde los otros hombres los reciben bulliciosos y simpatiquísimos antes de que por fin la pareja se siente en sus sillas y alguien los termine de subir por el resto del pasillo.

    Tagged: atención al público modales tercera edad

    Posted on August 31, 2011 with 14 notes

  • Grandes esperanzas

    Media tarde en la sala de espera de una pequeña clínica. Frente a mí está sentada una señora mayor que se comporta con la desenvoltura de una paciente experimentada. Mientras aguarda a su médico, ha emprendido pequeñas conversaciones con distintas personas a su alrededor e incluso ha dormitado con un pañito verde sobre la cara. Viste un pantalón negro de cuyas perneras asoman unos tobillos formidables y unos pies apenas protegidos por unas sandalias de charol rosado. Tiene un rostro bonachón y no se aparta de una bolsa con asas de plástico duro, de la tienda Dorsay.

    Señora: (Buscando conversación conmigo y mis acompañantes por segunda vez en la tarde.) ¿Y ustedes a quién están esperando?

    Yo: A mi mamá, que la están operando.

    Señora: Ah… ¿Y de qué?

    Yo: (Señalando mi muñeca derecha para aclarar con gestos lo que el ruido ambiental puede hacer confuso.) Del túnel carpiano.

    Señora: (Simultáneamente.) ¡Del túnel carpiano!… (Asiente con la cabeza por unos segundos y luego nos muestra su muñeca derecha mientras habla con gesto de suficiencia.) A mí ya me operaron de eso. (Con el índice izquierdo hace el signo de una cruz en la palma de la mano.) El túnel y todos estos dedos que los tenía así, ve. (Cierra los dedos en puño.) Y así se me quedaban… Noooo, a mí me operaron de eso hace años… y para nada porque estoy igualita. Ahí está, me sigue doliendo igualito… Y no es nada, que ahora tengo la otra mano igual, pero yo no me opero otra vez ni loca, ¡qué va! Esa operación es horrible. A mí cuando me operaron, yo lo sentí todo; eso yo sentía todo hasta que le dije al doctor que yo no aguantaba más y entonces me durmieron. (Se agarra con fuerza el antebrazo.) Y le ponen a uno eso para tomar la tensión… apretadísimo, durísimo, ¡ay, no, no, no! ¡Eso es horrible! (Torciendo el morro en gesto de resignación.) Y para nada, porque ahí está… igualito. Yo sí no me dejo operar más… Eso después duele mucho. (Luego de un breve silencio en el que parece haberse dado cuenta de su imprudencia.) No, pero si Dios quiere, quién quita y a su mamá le va bien. (Silencio.) ¿Y su mamá cuántos años tiene?

    Yo: Ochenta y dos.

    Señora: (Con gesto compungido y tono lastimero.) ¡Ay, Señor!

    Tagged: espontáneos tercera edad

    Posted on April 9, 2011 with 7 notes

  • Adelante…

    Temprano en la mañana, en una farmacia. Una señora sola, menuda y enjuta se acerca a las puertas de doble hoja del local caminando ligeramente encorvada pero con determinación. Viste franela y pantalones de algodón, trae puesto en la cintura un koala y calza unos zapatos deportivos que se ven enormes para su frágil figura. Lleva su cabellera gris prensada en una cola gruesa. Se ve muy mayor. Después de detenerse unos segundos, empuja una puerta y apenas logra entreabrirla antes de que se le cierre sin haber podido siquiera intentar entrar. De inmediato, apoya un hombro en el vidrio, frunce la cara y empuja con fuerza para tratar de abrir. Esta vez logra meter un pie entre las hojas y mantiene un resquicio mientras forcejea para entrar, aunque sin éxito. Entretanto, ya dos hombres que están cerca se han percatado de sus esfuerzos y se acercan a auxiliarla.

    Hombre 1: (Abriendo la otra puerta para facilitarle la entrada.) Ya va, doña, ya la ayudo…

    Hombre 2: Ya va, señora, ya va. (Trata de tomarla por un brazo para que recupere el equilibrio, pero ella se aparta y lo rechaza, por lo que él se limita a mantener abierta la puerta que ella empujaba.) Un momentico, abuela, para que entre tranquilita…

    Señora mayor: (Con sequedad y enderezándose a medias después de su aparatosa entrada.) Ya está, ya está, dejen ya… Esa puerta no va a poder conmigo… (Agitando la mano recta y con los dedos muy juntos hacia los hombres, para remarcar sus palabras.) ¡Yo soy adeca de toda la vida!

    Tagged: tercera edad gulp

    Posted on February 7, 2011 with 17 notes

  • Quality time

    Un pulilavado al final de la tarde. Abuelo y nieto entran al local después de que el más joven estaciona su camioneta Hilux en el área de lavado. El nieto debe estar cercano a los treinta años. Su cabello rubio va cubierto por una gorra de los Yankees de Nueva York. Lleva dos estuches para celulares en el cinto del pantalón, como si fueran pistoleras, y tiene un BlackBerry en la mano. El abuelo debe estar cerca de los setenta años. Es un hombre fuerte, curtido, de manos gruesas. Camina detrás del nieto y lo deja hacer los trámites en la caja. Cuando terminan, el abuelo se sienta a mi lado en la sala de espera.

    Nieto: (Mirando el BlackBerry, pero con voz solícita.) Abue, ¿queréis algo? ¿Un agua, una malta, un juguito?

    Abuelo: Una agüita. (Mientras el nieto se va al mostrador donde venden chucherías, el abuelo me mira, asiente con la cabeza como saludo y espera por el muchacho, que regresa a los pocos minutos.)

    Nieto: (Se sienta en un sillón frente a nosotros al tiempo que alarga la botella de agua mineral al abuelo, pero sin despegar la vista de la pantalla del BlackBerry.) Tené.

    Abuelo: (Después de un silencio durante el cual el nieto no ha despegado los ojos de su teléfono.) ¿Y habéis vuelto a que la gocha?

    Nieto: (Sin mirarlo.) No, no… Tengo tieeeeempo…

    Abuelo: Ciento veinte está cobrando ya por las uñas encarnadas…(El nieto levanta brevemente la vista de su BlackBerry con una media sonrisa que busca mi complicidad, pero no dice nada.) Pero vale la pena. Aunque me dijeron de otra por allá por San Jacinto. Voy a probar a ver. (Nuevo silencio en el que el nieto se vuelve a sumergir en su teléfono. El abuelo termina tomando una revista que está sobre una mesa cercana y la hojea. Se detiene en un anuncio que muestra a un perro —un bulldog— al volante de un carro.) Ve, chico, ve, igualito al de tu tía.

    Nieto: (Mirando por un instante la página que le muestra el abuelo, pero sin dejar de escribir en el teclado del teléfono, responde distraído.) Ajá… No, pero… Pero… El de tía es… El de tía es… ¿Cómo se llama?… El de tía es un bicho… (Tratando de dar con la palabra.) Un bicho… Un pitbull…

    Abuelo: Yo lo veo igualito… Malcriado que tienen a ese perro, mirá.

    Nieto: (Nuevamente absorto en su pantalla.) Ujum…

    Abuelo: (Luego de un nuevo silencio.) ¿Y habrá ganado el Barça ayer al Valencia? Yo lo dejé perdiendo uno a cero. (Silencio.) ¿Ah?

    Nieto: (Concentrado en sus mensajes.) Ujum…

    Abuelo: (Luego de otro silencio durante el cual cruza los brazos sobre su pecho y se queda mirando al nieto.) ¿Ah? (Silencio. El abuelo sigue mirando al nieto, sin que este lo note, y al cabo de un rato empieza a cabecear hasta que finalmente cierra los ojos y se queda dormido.)

    Tagged: así estamos pendejaditas tercera edad

    Posted on October 19, 2010 with 14 notes

  • Con los cauchos blandos

    Media mañana en un pulilavado. En la sala donde los clientes esperan mientras lavan sus carros, un sesentón ataviado con bermudas y sandalias revisa con gesto cansino el periódico que alguien ha dejado en una de las mesitas del local. Lleva unos escapularios a modo de collar y mira con frecuencia a lo lejos a través del ventanal. No es un cliente. Acompaña a otro hombre mucho más joven, quien está atareado ordenando la exhibición de sus películas piratas. El hombre de las bermudas parece aletargado y ha permanecido silencioso hasta que entra el dueño de una camioneta inmensa, a quien obviamente conoce.

    El de las bermudas: (Súbitamente animado.) Epa, campeón, ¿y vio la carrera del domingo en Hungría? Ese Webber ganó y los dejó locos.

    El de la camioneta: (Al tiempo que recorre todo el local con la mirada, bucando a la cajera, sin fijar la vista en quien le habla.) ¿Pero esa no la ganó Alonso, pues?

    El de las bermudas: No, esa fue la otra, esa fue la que Massa iba ganando y… y dejó que Alonso lo pasara. Entonces Massa dice que él no va a hacer más eso porque tal, porque cual, porque él no es segundo de nadie. Nojosa, ¿por qué no lo hizo de una vez?

    El de la camioneta: (Un poco distraído, mientras saca la cartera para pagar.) Claro, claro.

    El de las bermudas: No, pero vení acá, es que Sebastián Vettel ganaba galopando, ¿oíste? Pero entonces hubo un accidente y vino y salió el fiscal…el carro ese, el de los comisarios, que llaman…y le dijeron a Vettel que no inventara, que se metiera en los boxes. Entonces tomó Max Webber la punta en la vuelta veintidós y supuestamente le quedaban cinco vueltas por los cauchos. (Se levanta y pone su mano derecha ahuecada sobre la comisura del labio, como una bocina, y dice en voz considerablemente alta.) ¡Le dio hasta la cuarenta y cinco! ¡Hasta la cua-ren-tay-cin-co! (Ahora haciendo círculos en el aire con su veloz índice derecho.) Riquirriquirriquirriqui… y empezó a sacar ventaja. Le sacó ventaja a Alonso… entonces iba de tercero y se le puso segundo (Ya en medio de la sala, haciendo sonar sus dedos índice y corazón, cual fuetes, como los fanáticos de las carreras de caballos.) Y le empezó a sacar ventaja a Alonso, muchacho, con cauchos blandos… (Camina por la sala, gesticulando con todo el cuerpo.) Y llegó hasta la cuarenta y cinco de setenta vueltas con los cauchos así. Ajá, y se metió a los pits… (Chasqueando los dedos.) ¡Tra fua fua fua!… Le cambiaron los cauchos y salió disparado… (Roza sus dos plamas extendidas y horizontales, y deja un brazo extendido hacia el horizonte.) ¡Fuuuuuu!… ¡Y todavía les sacó una vuelta! Schumacher tuvo que apartarse para dejarlo pasar, ve qué molleja.

    El de la camioneta: (Sosteniendo el ticket cancelado en la mano, pero mirando con interés a su interlocutor.) Qué bárbaro…

    El de las bermudas: Sí, hombre. Estuvo buenísima. (Queda unos segundos parado en medio de la sala y luego regresa a su silla, mientras los demás presentes retoman lo que estaban haciendo). Buenísima.

    El de la camioneta: (Después de unos segundos de silencio durante los cuales el único que se ha movido es el sesentón de las bermudas, que ha retomado el periódico y ha vuelto a su gesto cansino.) Como que ya está lista la camioneta. Bueno, pues… hasta la próxima. Qué bueno verlo así, campeón.

    El de las bermudas: (Mirando a ninguna parte a través del ventanal, habla después de que el de la camioneta ha salido.) Yo no le tengo miedo a la muerte. Yo creo que más bien ella me tiene miedo a mí, porque ya me ha devuelto de allí varias veces.

    Tagged: Tercera edad camaradería masculina

    Posted on August 13, 2010 with 5 notes

  • La combinación

    En un banco, 8.50 de la mañana. En cuatro asientos cercanos a la taquilla destinada a la “tercera edad” aguardan dos mujeres y dos hombres. Los cuatro tienen el pelo más blanco que gris. Una de las señoras ha puesto su andadera color bronce frente a ella y combate el calor reinante en el local con un abanico que sacó de un bolsillo externo de su cartera; la otra mujer apoya sus dos manos sobre su bastón. Uno de los hombres es menudo, lleva una chemise con el nombre de una aserradora bordado y tiene los mocasines llenos de un polvillo amarillento. El otro es más corpulento y tiene en su regazo un Panorama doblado en cuatro. Todos han pasado ya por la taquilla, pero les han dicho que esperen a que los llamen para darles su dinero. Están en silencio hasta que pasa por delante de ellos una mujer de unos cuarenta años, muy perfumada, muy maquillada, con muchas pulseras y trajeada con chaqueta. Es, sin duda, una ejecutiva media. Carga aparatosamente un archivo de acordeón y camina con rapidez, como para que no la detengan.

    Ejecutiva: (Dejando atrás a un cliente que se le había acercado a preguntarle algo, les habla a los cuatro sin detener su marcha.) Se me esperan sentaditos aquí un momentico, abuelos, que ya vamos a estar. Tenemos un problemita con la combinación, pero ya vamos a estar.

    Señora de la andadera: (Sigue con la mirada a la ejecutiva y, tras una breve pausa, rompe el silencio con menosprecio, sin parar de abanicarse.) Seré yo su abuela…

    Señor del Panorama: (Inclinando su torso hacia la derecha al apoyar el codo sobre la rodilla, y la mejilla en el puño, mientras lleva su mano izquierda a la cintura, todo con parsimonia.) O el otro…

    Señor del aserradero: (Meneando la cabeza, también con la mirada puesta en la ejecutiva ya lejana.) Eso no se lo cree ni su propia abuela. (Arrugando mucho la cara y entrecerrando los ojos, en señal de extremo escepticismo.) ¿La combinación? ¿La combinación? Traeme una segueta pa abrir la caja fuerte esa, pa que veáis… La combinación… ¿No te digo yo? ¡Que ya no hallan qué inventar pa quedarse con los cobres de uno es lo que es!

    Señora del bastón: (Mirando a su acompañante, que está apoyada contra una columna, y apuntando con el mentón a la ejecutiva ya sentada en su cubículo de vidrios transparentes.) ¿Qué dijo?

    Tagged: atención al cliente tercera edad diminutivos

    Posted on April 15, 2010

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